Incunable

Al caerla  noche, el autor ya la espera en lacama con una historia ardiente. Ella se desnuda y lo toma. Él abre sus páginas,le besa los ojos y le descubre todas sus lenguas. En un pasaje lento, oscuro,él le sopla al oído, la enloquece, le moja los dedos, le graba sueñosprohibidos en el cuerpo.
Cuando llegan la noche y el marido, el autor duerme: ella lo lleva, como libro de bolsillo, entre laspiernas.

Altas temperaturas

Mónica escribe sin pensar en algo en particular. Sin pensar en alguien. Sin pensar. Y cree que es la mejor manera de navegar por una página: en blanco. Siente calor y escribe: me derrito. Bosteza y escribe: tengo sueño. Y sí, se hace agua y tiene sueño. El tercer café no le ha servido de mucho. Ni la ventana abierta, ni la soledad del cuarto. Cierra los ojos. No puede ver las teclas pero tampoco los errores, los renglones vacíos. 

Y de pronto, sin parpadear, alguien le aparece ahí dentro. Le hace cosquillas, le muerde con suavidad la palabra que está a punto de pensar. Que siente. Calor. Y escribe a ciegas: un alguien de cal y olor y color. Un guiño de fuego. Y ve, y huele, y casi toca.

Mónica abre los ojos. Las palabras sin sentido. La presencia en ellas, en ella. Y el calor. Tanto calor.  Imposible, piensa. Y manda a imprimir. Sin leer, pliega la hoja y las frases recién nacidas cambian de geografía. Suben y bajan por montañas y laderas que Mónica comienza a balancear, que mueve y agita cada vez más rápido, con más fuerza. Pero el calor, la presencia y las palabras se aferran con uñas de llama a la orografía del papel casi blanco, de los ojos abiertos, de la piel encendida.  

Conciencia del inconsciente


Sabes que estoy aquí dentro. Me oyes rodar y estrellarme en las paredes de tu cráneo cada vez que me niegas. Sientes mi peso como puede sentirse una culpa oxidada. Me puedes callar temporalmente, pero nunca me podrás matar. Al encerrarme quedaste atrapado: estos barrotes invisibles que te protegen de mis ojos, de mi lengua, de los corazones abiertos, te han mutilado, empequeñecido. 
Desayunas, trabajas, bebes. Lo de siempre, donde siempre. Haces tu deber. Lo que crees que puedes, lo que otros y tú mismo te permiten. Porque si algo te enseñaron las escuelas y padres son los límites, las barreras, las cuerdas invisibles. Si lo sabré yo.
A veces me logro filtrar por la ranura de tu ojo izquierdo, atravieso tu disfraz, tu malla de razones equívocas. Y te desnudo. Por eso me temes: soy la única que puede ver al hombrecito que esconde su pánico en el ceño fruncido, en el manotazo, en la contundencia de sus actos necios, el que se derrite a la primera palmada. 

Comes, bebes, duermes. A veces el insomnio te recuerda que estás casi muerto, que todo a tu alrededor es una tumba silenciosa; tu cuerpo, una caja de carne que se pudre poco a poco. Tu cárcel. Y me recriminas, pero bien sabes que no soy yo quien te ha encerrado ahí; no ha sido tu padre, ni la sociedad, ni tu infancia. No es el trabajo, la presión, los enemigos reales que te inventas; ni siquiera aquellos quienes tienen más de una razón o un muerto para odiarte. Tampoco es tu mujer que sonríe en todas las fotos creyendo que ese a su lado es un gran hombre, el que ella imaginó hace años; el que nunca ha existido. Y cree que estás ahí, que ella está ahí cuando la miras, cuando ambos se miran al espejo, cuando hacen el amor. 
No. Eres tú el que se ha metido dentro, el que ha puesto todas las cerraduras. No importa cuántas mujeres tengas, cuántos amigos y siervos, siempre vuelves aquí, solo. Conmigo. Y no puedes soportarlo. Huyes. Buscas a los que buscan, piden, lamen tus oídos, besan la silla donde te sientas; a tus compañeros de celda. Y ríen y beben y hablan de posesiones, posiciones, mujeres: trofeos por ganar. Hasta que el amanecer y la cruda los vuelve a dormir. Y tú regresas a tus cuatro paredes de carne, a tus horas de sombra. Ahí donde me escondes.
Y aunque todas las mañanas salgas a correr huyendo de mí, de tu debilidad, sabes que la única fuerza que ejercitas está en la quijada, en el puño que cierra tu cabeza.
La vida es una trampa, te digo en un silencio: si la dejas demasiado suelta se te escapa, y si la fijas a una o dos ideas lo que te crece dentro son cadáveres: te aprisionan como barrotes vivos, te empequeñecen, te ahogan. 
Quiero decirte más cosas pero me callas a tragos para no sentir las rejas en los ojos, en los oídos. Y yo que no tengo el valor de forzar la cerradura, de abrir estas venas y dejar correr tu sangre como dejas correr la sangre de los otros, la que derramas lejos para que no te salpique.
Y el deber te llama:
–Se hace tarde, señor Presidente.
Y regresas asustado a tu silla, tu otra celda, a ser el héroe azul de ese país ficticio donde todos te aplauden; vuelves a jugar a las guerritas, a los policías y ladrones. Y a mí me dejas atada a tu sordera mirando cómo crecen los barrotes y los muertos.
Pero nadie sospecha que existo. 

Aquí dentro, en el rincón más duro de tu cráneo, espero.  Pronto bajarás de la silla y, tarde o temprano, entrarás en mi celda. 

Arte efímero

Toco el timbre. Ella aparece detrás de la puerta con una sonrisa que moja la mitad de mi rostro. Las palabras se le enredan en la lengua. Quiero ayudarla con la mía pero su gesto me frena. Cierra la puerta. La abrazo. Oigo el corazón caminando por su cuerpo. Un latido se detiene en la punta de sus labios cuando mi beso la toca. Me ofrece café. Sigo sus pasos como quien busca hundirse en sus propias huellas. La observo tomar la jarra y servir un líquido tembloroso que parece hervir con el movimiento involuntario de sus manos. Me aproximo y siento cómo su frágil cintura se arquea entre mis dedos. Su cuello dobla el aliento de mi voz, que no dice realmente nada, y se entrega aún más a mi boca. El camino de su hombro hasta la oreja es suave, delicioso. Subo por él con la prisa de un árbol que crece buscando el rayo de sol que lo sostenga. Ella cierra los ojos tal vez para grabar mi tacto en su memoria o perderse en los colores de la sombra. Me deja admirar bajo mis manos sus círculos perfectos. Siento el aire agitado respirar por sus poros. Bajo la ropa desvisto su carne y descubro que mis sueños eran ciertos. ¡Tantas noches derramadas sobre su perfil de tela! Ahora mis caricias no resbalan por los pliegues de una sábana dispuesta: su sonrisa y el manto liso de su talle las sostienen.

De la sala a la recámara sólo el pulso de un sincopado reloj acompaña nuestros pasos. No hablamos. Tal vez no hay nada que decir. Los dos sabemos que la nuestra es una sed vieja que teme saciarse en este instante.

***
Sobre la cama exhausta, la miro y no comprendo la pena de sus ojos. Ella adivina mi duda, se acerca y escurre su voz por mi garganta. Al abrazarla oigo el goteo de una lágrima incesante. Sin hablar se pone de pie, me toma de la mano y me conduce por un pasillo largo donde las corrientes de aire se cruzan con nuestros cuerpos desnudos. Al fondo hay dos puertas que ella abre al mismo tiempo. Las enormes cajas que amueblan el desorden de las habitaciones parecen caer todas sobre mi pecho. Me asfixian. Cierro los ojos y recorro de nuevo los vacíos que ya me anunciaban su partida: las dos tazas sin platos, una sola cuchara, los libreros despoblados, la mesa descubierta. Sólo su estudio, con algunas acuarelas colgadas a los muros y varios rollos de papel aferrados a una esquina, parece resistirse al abandono.

Impaciente, la interrogo buscando mil respuestas y ninguna. Por la extensión de su abrazo comprendo que la distancia y el tiempo de su viaje serán largos. Yo quisiera escuchar algún delirio, una promesa; ella lo sabe y sólo atina a decir: Lo siento.

***
La calle ondulada curva mis pisadas. Camino contándole a las piedras una historia: Había una vez un hombre oscurecido por su propia sombra que no sabía hablar más que del tiempo. Sus alumnos lo perdonaban, no sin algo de lástima, porque sabían que la historia del arte era muy larga y el curso muy breve. Los días pasaban sin perturbar su reloj hasta que dos ojos cifrados le cambiaron la rutina de la sangre endureciéndole el cuerpo con su prisa. Todos los jueves, a las seis, ahí estaban, atentos, rompiéndole el ritmo de la tarde. Pero su dueña era demasiado joven y el hombre se resignó sólo a soñarla. Pasaron seis meses, dos exámenes y muchas sonrisas antes de que pudieran intercambiar alguna palabra más de cerca: ella dijo admirarlo mucho como pintor y él se interesó en ver sus acuarelas. Ninguno de los dos fue sincero y ambos lo sabían. Ella lo citó en su casa. Al día siguiente, puntual, ingenuo, seguro de inaugurar un pulso infinito, él tocó el timbre.

Primera vez

Él se acerca. Las frentes se tocan.
-Has crecido.
Ella ríe. Meses esperando que él la mirara. Tan así, como la ve ahora.
-Mejor cierra los ojos.
Ella obedece.
Los labios de él, resecos, carnosos, le imprimen un rápido beso. Ella deja escapar una risa nerviosa. Él le adivina el miedo y la abraza como a un tronco. Ella piensa en las arrugas del vestido, en el regaño, en la burla de sus primas. Pero se está tan bien ahí, pegada a él, a ese cuello. A ese olor, tan distinto del suyo, tan suave.
Él le hace cosquillas con la nariz, le despeina el fleco, acerca su boca y la vuelve a besar. Pero esta vez deja los labios quietos unos segundos. Despacio, los va moviendo hasta abrir un poco los de ella y tocarle los dientes, la punta tímida de la lengua. Ella siente el corazón en trocitos como canicas botando por sus huesos. No sabía que los labios supieran a chicle de frutas, a risas, a cara soleada. Y en un impulso los abraza con los suyos. Y las bocas juegan a las escondidas, a las traes, siguen probándose. No saben por qué así juntas, entre tanta agua, les da tanta sed. 
El nombre de ella en la voz de la madre los asusta.
No imaginaba que fuera tan rico, dice ella, la más chica de las primas.
Yo tampoco, dice él, que ya había besado a las otras mayores.
De verdad. 
Al separarse, descubren extrañados una mancha circular en los pantalones de él. Ella siente  humedad en su ropa interior y lo consuela: Creo que yo también me hice pipí.

Window


I look at your window and you’re not there.  I’m afraid something is wrong. Every time I walk down your street I imagine your tragedy. But you don’t want me to know it, to be there, to help you. So I just walk and see you through the dirty glass that covers your dignity, your fears, that saves you from the otherness, from the tedious talk of vacuous minds. But today the window is empty. No one is watching the mountains, the neighbor’s windows, my feet, and a faded desire. Without you, it is easy to look inside and follow the crack of light. I can see how it illuminates a corner of your white desk where I discovered once the entire universe of your eye: tons of pictures, lenses, zooms, marbles, opened books of all kind, a blue fish in a bowl. From here, everything seems in order, but we know how easy it is to deceive a glance. And if I move slowly, I can see a significant part of your bed divided in light and shadows, your sheets with old wrinkles drawing the shape of your beautiful torso.  It could be still warm, or very cold. I don’t know, and never will.  You wouldn’t let me in, even if you were suffocating and my mouth would offer you some air.

Where are you? The question resounds in my ears as tha song we used to sing, when everything was right, when I was just a woman to touch, a being to discover.  But your mind is inaccessible even for those who carry a lamp in their pupils. So does your heart for an opened body. And that’s what I am: an opened and dissected body looking for a closed window.