Mi hermana cumple años. Inicia una nueva década con su sonrisa de niña y la mirada atenta, traviesa, con esa inquietud por descifrar el mundo que la ha llevado tan lejos. Y se peina de colitas y corre, como lo hacía en el patio de la escuela cuando perseguía niñas pretensiosas que no entendían su gusto por los juegos de los niños, las pelotas. Nadie sabrá que a nuestros muñecos no los arrullábamos, no les cambiábamos el pañal ni paseábamos en carreolitas. Los poníamos a jugar americano, a pelearse hasta perder brazos y piernas, a protagonizar intrincadas historias que no eran ningún “mundo de juguete”. Nadie sabrá por qué reíamos tanto, de qué platicábamos cuando todos dormían. Pero yo era la hermana mayor y cada una cumplió cabalmente su papel: yo la regañaba, le ordenaba; ella desobedecía, usaba mis cosas a escondidas, las rompía. Peleábamos. Yo la despertaba, la vestía, le daba de desayunar, la llevaba a la escuela. Pero ella sabía que, aunque más alta y más grande, yo también era una niña, y se rebelaba. Dos hermanas que jugaron a ser grandes desde muy chicas, cómplices, confidentes, consejeras. Y la vi crecer, tocar la batería, la gaita, ganarse una beca en la universidad, aprender inglés escuchando progresivo, hacer caligrafía, casarse, levantar un negocio. Ser ese ser extraordinario que adoro y admiro. Y como madre en festival de diez de mayo, se me aguan los ojos cada que llega a una meta, que sonríe, que abraza a la vida en los actos más simples. Mi hermanita. Felicidades.
El muro, celoso, la veía todas las tardes a la hora en que el sol resbalaba su tacto sobre la pared. Ella, de un rosa coqueto, descarapelaba su encanto y le enviaba polvos de su piel. Sus miradas se cruzaron desde el primer ladrillo. Pero no fue sino veinte años después, un diecinueve de septiembre, cuando sus sexos por fin se encontraron: el muro cayó sobre ella y entró, para siempre, en su grieta más profunda.
Nada sabes de cosechas. Siembras en rocas, tepetate, arena de playa. Poco crece a tu alrededor. A veces, un gorrión azul canta a tu lado. Te hace creer que el viento y su voz son un abrazo, que sus brazos te acompañarán toda la vida. Pero pronto descubres que el gorrión es un pájaro transparente que vuela en tu cabeza. Sus alas saben viajar dentro de ti, batir tu pecho, romperte la costilla de Adán. Le gusta volar en esa jaula de huesos donde lo guardas todo: el eco del suspiro, la suerte de tus dados, la lluvia apretujada de una nube a punto de romper. Ahí dentro, una bomba de sangre te despierta todos los días, te salpica de gotas rosadas y rojas los cristales con los que te asomas al mundo. Y crees que tus mañanas serán siempre mañana, que el tiempo es un destino mesurable que te aguarda futuros irrompibles. Por eso sigues sembrando, aunque te equivoques de suelo, aunque sea minúscula tu semilla, aunque el mar se la chupe como grano de sal y la triture. Tú sigues buscando en la tierra caracoles, picos de estrella, voces que quiebren las estalactitas de tu oído. Y siembras. Y crece sólo el sol sobre tus hombros dorados, el aire bajo tus plantas de hierro. No importa. Tienes nuevas semillas en tu mano y has soltado al gorrión; deshaces tu jaula destrozada.