El grafógrafo me aprieta la mano, me jala, siento un tirón en todo el cuerpo.
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Maderas (fragmento)
Sé que no leerás estas palabras. No sabrás de mí hasta mi muerte. Y aún después, todo esto que escribo no llegará a tus manos, no arañarán tus ojos sus letras desnudas. Al menos ese no es mi deseo.
Deseo. Vocablo tantas veces perdido en nuestra sed inagotable. Tantas veces pronunciado por tus largas notas tendidas al vacío. Todo parece haber vivido en un pasado remotísimo: tus labios, mi hambre, tu música, mi sombra. Y sin embargo vuelves aquí, a estas líneas, como has vuelto siempre a mi vida: sin presagios, abarcándolo todo, adivinando la precisa necesidad que me apremia en este instante.
Recurro al papel como tú al escenario: para encontrarme a distancia, para ser otra, más visible, más soportable. Y también, es verdad, para, desde lejos, mirarte más de cerca, interpretarte completo como interpretarías, en vivo y sin ensayos, a Brahms. No con la misma intensidad, quizá, -han pasado muchos años- y sí, quisiera, con el mismo sentido de búsqueda, ese que sorprende a todos, que te lleva a descubrir sentidos nuevos, lenguajes inéditos en una frase mil veces repetida cuando ésta pasa por tus manos y la transforma. No sé cómo lo logras. Nunca lo he sabido con exactitud. Tampoco sé de qué forma me tienes aquí, escribiéndole a nadie cosas tuyas. Es curioso, como tú a Brahms, yo te sé de memoria: tus ritos diarios, las sombras que persiguen tus ojos distraídos, tu fascinación por el tacto femenino. Sin embargo, no alcanzo a comprender cómo es que mis oídos aún escuchan en el mundo los ruidos de tu cuerpo.
No hay explicación posible, solías decir cuando yo trataba de definir el extraño trazo que nos unía. Entonces no sabía, no quería saber que esa línea me ataba a mí solamente. Tú andabas suelto por la vida, tal como andas ahora, como has andado siempre. Aún casado. Tu nueva esposa no se imagina que tiene un pájaro encantador en una jaula de aire, que con su canto atrae las aves más difíciles, las más exóticas, las más distantes. Y a cada una la convierte en insólita musa para componer a todas la misma pieza. Mientras ella, tu esposa, seguramente te espera hasta tarde, sola, con un té de limón y azahar para procurarte el descanso que tanta falta te hace después de una fatigada gira de conciertos.
Muchas noches me pregunté por qué ella y no yo. Ahora me alegro de no ser quien espere en la cama vacía semanas enteras. Quien mire al techo buscando tu perfil recortado en una mancha y escuche tus discos una y otra vez envenenando el aire con los sonoros rastros de tu ausencia.
Hasta hace muy poco yo también te escuchaba, es verdad. ¿Cuántas madrugadas no me perdí enredada en tu preludio? ¿Cuántas no fui el violín que reventó su cuerda en aquel tango de Piazzolla? Ya no te escucho. Aún me duele saber que ahí están, guardados en cajitas, los caprichos y asombros que tus dedos multiplican.
Sigo escribiendo como si me escucharas. No sé bien porqué. Tal vez hay una parte de mí que quiere hablarte, decir todas las cosas indecibles, construir frases contundentes que te despierten de un sólo golpe. Pero sé que eso es imposible. No hay voz que te perturbe más que la de tu propio cuerpo, incluso las brillantes y melancólicas voces que sacas del violín no son sino el lúcido eco de esa voz carnal que te recorre.
Trazos negros, fondo casi sepia
A la entrada, un gran cartel casi sepia, con unos trazos negros, como de tinta china, la hace dudar. El guardia le confirma que es ahí y le señala una escalera. Sube cuidando no tropezarse: lleva unas botas altas, demasiado altas que la hacen ver enorme. Escucha las voces revueltas de la gente. Cuando va por el séptimo escalón alza la mirada: ve espaldas, cabelleras y un rostro que voltea. Sus ojos caen en dos verdes precipicios que casi la hacen perder el equilibrio. El hombre sonríe. Ella baja la vista, se aferra al barandal y continua su acenso. La amiga la recibe como si no la viera todos los días. La exposición es extraordinaria, y el fotógrafo, un portento, le dice. Y la presenta al círculo de cabelleras, espaldas y rostro. El hombre y ella se sonrojan. Nadie lo percibe, sólo la amiga que aprovecha y se la lleva a la barra: ¿Desde cuándo? ¿Qué? ¿…se conocen? Nunca lo había visto. Y no miente. Al regresar, él, no sabe cómo, ya está a su lado. Los otros hablan, ríen. Ellos evitan mirarse, pasan delante de las fotos como si las vieran detenidamente. Trazos negros, fondo casi sepia. Perturban, dice ella. Y atraen, dice él. De una a otra, algo les crece. Ambos lo sienten. En un instante, los anversos de las manos se tocan. Se separan. Regresan. Entonces se atreven: caen de nuevo en los ojos del otro. Dicen dos o tres incoherencias que ninguno escucha. Sólo observan el movimiento de los labios: tenues y húmedos, de ella, carnosos y secos, de él. Van recorriendo la exposición sin verla, llegan a un pasillo. Él le toma la mano. Nadie se da cuenta. Las espaldas y cabelleras se han quedado frente a la barra. Detrás de una cortina hay más fotos, todas sin marcos, algunas sobre el muro, otras regadas en una mesa de trabajo. Y ellos dos. Que han dejado de hablar, pero no de ver el brillo y la sed de sus bocas. Que por fin juntan. Él le dibuja otro labio con la lengua. Ella moja el pequeño trozo de carne malherida que él le ofrece, lo abraza con la boca entera, lo suelta. Él juega a seguirla. Sólo que un poco más violento: succiona el labio inferior, lo muerde, lo acaricia con los dientes. Ella se aparta. Él vuelve como ola apenas tocando la orilla. Y avanza. Entra poco a poco. La mano izquierda se enreda en el cabello. La derecha se aventura y baja por la espalda, el muslo, sube, arruga la tela negra que ella eligió usar esa noche sólo por si acaso. Una luz intensa los sorprende. Se sueltan, la falda de ella cae y regresa a su inocencia. Un hombre, con una cámara entre los dedos, les sonríe. Aquí he tomado todas las fotos, dice, y se va. Miran a su alrededor: en los trazos negros descubren ojos, labios, narices. Dos carcajadas se escuchan detrás de la cortina.
La silla de Dios
Dicen que es la silla de Dios. Que desde ahí mira los pecados del pueblo, la caridad de los ricos, la lujuria de los jóvenes, la tentación de todos. Nadie sabe quién la mandó a fabricar, quién talló sus enormes dimensiones y la montó en ese pedestal, a media calle. Algunos dicen que es obra de Dios, o de un santo, que es casi lo mismo. Pero detrás de las bardas y las puertas, la gente del pueblo no cree en los milagros. Dicen que en esa gran silla Dios se sienta a descansar los domingos y los días de fiesta. El resto de la semana, nadie sabe exactamente dónde está, va de un lado a otro sin dejar rastro. Por eso, se cuidan de no cometer pecados mortales en días de trabajo, sólo aquellas faltas que se disuelven con dos o tres rezos y alguna penitencia. Pero el domingo, saben que Dios se sienta ahí, que no va a ningún lado. Y en eso sí creen. Fielmente. Y se alejan todos, cinco o seis cuadras a la redonda, y dejan que Dios descanse y nadie lo molesta con sus ruidos amorosos, blasfemias, robos, disparos, violaciones y otras prácticas, ya por tradición, dominicales.
Graffiti realista
“Esa pinta si me pasa, man. Te quedó chida. Es más, chidísima. No como la que hiciste en el periférico que te salió toda chorreada. Ese rojo del tag está de poca. La neta, yo no quería que entraras a nuestra crew. Para estar en la KTK tienes que ser muy hombrecito. Y yo te veía tan niñita, y tus letras tan bombitas. Creí que a la primera bronca con la tira te nos ibas a rajar. Que a la hora de los catorrazos ibas a salir por patas. Pero ya ves, sorpresas te da la vida. Pasaste la prueba de fuego. Y una más gorda de lo que imaginaba. Yo le decía al Krudo: Éste no llega a las doce, como cenicienta. Pero no, man. Aquí estás. Las dos de la madrugada y casi tan enterito como yo. Y tan flaco que te ves. Quién hubiera dicho que pelearas tan bien. Lo que no entiendo es qué les pasó a esos batos de la VE. ¿De dónde habrán sacado que éste era su territorio? Si los grafiteros hacemos pintas donde se nos de la gana y nadie pelea. Pinches güeyes. Pero, dime, ¿cómo empezó todo?, ¿qué te dijeron? Yo sólo vi que se te echaron encima. ¡Son un gang y no un crew! Ahora comprendo la mitad de su nombre. VE. Violentos Escritores. ¡Escritores!, ¿pasas a creer? Si sólo saben rayar al prójimo. En cambio tú si eres un artista, me cae. Al menos pudiste terminar tu obra. Mírala, te quedó chingona. Desde hoy, Kutter, eres un KTKato. ¡Bienvenido al crew! Qué rojo tan chido, Man. ¡Órale! ¿ya viste? En tu tag hay un cacho de dedo embarrado”
Wish you were here
De nuevo el largo pasillo. David camina mirando las figuras desgastadas del centro de la alfombra. Sabe que no puede hacer otra cosa. No hay puertas. No hay salidas de emergencia. El corredor y él se doblan a la izquierda. Las pequeñas lámparas incrustadas en la pared, casi en el piso, le recuerdan las de un cine: sólo puede ver sus propios pies y las enredaderas y flores sucias que se repiten cada dos pasos en la alfombra. El pasillo lo obliga a doblar nuevamente a la izquierda. Una vuelta más y hallará la única puerta que hay en esa oscura herradura. Esta vez David presiente que encontrará algo distinto, una luz, un espejo. Extiende los brazos y alcanza a rozar las paredes lisas con los dedos. En ellas no hay nada: cuadros, lámparas, bordes, ventanas. Como siempre. No sabe cómo ni porqué termina ahí dentro cada noche. Cuando abre los ojos, aparece en el maldito pasillo. ¿O es cuando los cierra? Lo extraño es que nunca recuerda haberse dormido ni despertado. Sin el temor ni la angustia de los primeros días, sigue el último giro del corredor. Al fondo distingue la raya de luz debajo de la puerta y sonríe. Deja de mirar el suelo, de tocar las paredes. Escucha un viejo radio, una guitarra: seguro es el despertador que está programado con su ipod. Sin darse cuenta, ya está silbando I wish you were here . Camina más deprisa, contento: sabe que todo va a terminar pronto. A unos pasos de la puerta, la voz de Gilmour se oye nítida: Do you think you can tell… David se detiene, cuando gira la perilla lentamente, recuerda que no tiene grabado nada de Pink Floyd, que no sabe inglés y, sin embargo, entiende: cold comfort for change? Abre la puerta con el corazón punzándole en los dedos: la luz lo enceguece, a tientas da un paso, y otro, y otro: no despierta. La música sigue sonando en otra parte, detrás de los muros. Reconoce su voz: How, how I wish you were here…
Lumínico / Mar muerto
Aquí les dejo mi poema Mar Muerto en Lumínico, un concierto de flautas, percusión, electrónica, poesía y video que presentamos en el festival Música y Escena mi hermano Alejandro, Rodrigo Sigal, el percusionista hindú Ganesh Anandan, José Luis García Nava en el video y yo. Vean la flautita de bolsillo de mi hermano!!!
Reinalda
Estaba borracha, pero nadie lo notó. Reinalda tiene el don de fundirse con el ambiente y no ser vista, pasar de largo sin que nadie la vea trastabillar, despeinarse o maldecir al mesero. Por eso todos la recuerdan dulce y serena en las fiestas. Como un mantel que combina con las cortinas y el tapiz claro de las sillas: un mantel discreto que no compite con las formas audaces de una vajilla sueca ni con los colores vivos de los platillos gourmet.
Esa noche Aldo cantó milongas. A saber por qué. Desde la silla barcelona, orgullo de Margot, Reinalda parecía escuchar tangos con la mirada ida y el cuerpo suelto. Tan suelto, que daba la sensación de haber sido abandonado, puesto ahí como por descuido por el mismísimo Mies van der Rohe en los años treinta. Sí, ella iba bien con la silla, con los tangos. Pero no con Aldo ni sus milongas. Alguna vez él me dijo que Reinalda le remitía a otra época, tal vez por el arco de sus cejas o su voz tenue y acompasada como la que imaginaba en las actrices del cine mudo. Me molestó más que el comentario, el tono engreído de quien se sabe admirado y desdeña a su admiradora, pero no le dije nada. Ni a ella tampoco. Para qué. Los dos nunca serían una sola historia. Y menos después de esa noche.
No supe en qué momento llegó tanta gente a casa de Margot: la reunión se hizo fiesta y todos terminaron bailando en la terraza. Aldo, besando a una jovencita que nadie conocía. Cerca de la una, me encontré a Reinalda en la puerta del baño: no entraba ni salía de él. Me estoy muriendo, me dijo, como decir la hora o el clima. Sólo estás borracha, le dije apartándola de la puerta. No, de verdad… Se dio la media vuelta. …Me muero. La vi caminar deteniéndose de la pared, de las espaldas y hombros de algunos invitados. Me tranquilicé al verla subir a un taxi.
Al día siguiente la llamé pero su teléfono estaba suspendido. El celular, fuera de servicio. Después de tres cafés y una aspirina, caí en la cuenta de que ella no estaba en condiciones de llamar un taxi. Ninguno de los amigos hizo la llamada ni la vio partir. Ni siquiera recuerdan haberla visto en la fiesta.
Su departamento está vacío desde hace meses, me dijo la portera.
Cuando la platiqué a Margot con detalle lo sucedido se sorprendió: ¿Borracha? ¿Reinalda? No, eso es imposible. Seguramente eras tú quien se había tomado más de seis tequilas.



