Regalos

Foto: Luis Angel Hidalgo

A Lucas, con todo y pastel.

A veces inquieta y hasta perturba, siempre fascina. Y luego desaparece como una roca en el agua. Nadie sabe dónde vive, a qué hora y en qué duela pone su cuerpo a girar. Nadie se acuerda de ella a la hora de comer, al buscar una novia, una pareja de baile. No conocen su nombre. Pero todos saben que a las siete, sábado tras sábado, la bailarina aparece vestida de blanco o de azul, con la música del mar o el vigor de unos tambores africanos. Bajo un gran farol, en el centro del parque, monta su danza de luces. Todos la esperan desde temprano. Hoy ha venido vestida de crema y trae velas, muchas velas blancas. Las coloca en círculo, las prende una a una: sus movimientos llevan el ritmo y la gracia de ritual antiguo. Todos guardan silencio. La bailarina enciende la grabadora y la magia comienza: un pie avanza, la cintura quiebra la luz, el brazo se arquea y toda ella pasa debajo. La gente la mira como si siguiera la danza de una flama. Hipnotiza, dice el hombre más viejo, pero nadie lo escucha. La música estalla de pronto: las piernas son mástil; la falda, olas; la mano, tormenta. Termina en el aire, y cae exhausta. Todos aplauden, chiflan, gritan bravo. Ella agradece con una reverencia tímida, un poco torpe. Los vecinos dejan monedas y uno que otro billete en el piso, se retiran, cierran las puertas de sus casas. La bailarina apaga sus velas, las guarda en una bolsa de hule. Nadie se acerca ni le invita un café. La creen loca o enferma. Le huyen. Dicen que creció en un orfanato, que aprendió a bailar mirando por la ventana de la academia de la ciudad. Por la calle, además de sus pasos, la bailarina escucha risas, oye platos, cubiertos, canciones que no se atreve a cantar allí sola. Sabe que la fiesta para ella ha terminado. De regreso, se divierte al asomarse por las ventanas mientras avanza. Sillones tan roídos como el suyo, mesas vacías y llenas, manteles manchados, familias a punto de cenar, un hombre que lee, dos señoras le gritan al televisor, una niña baila. Se detiene ahí: casi se pega al vidrio. La ve dar vueltas, imitar sus saltos. Parece tararear una canción, quizá la misma que ella escogió para esta noche. La niña arquea el brazo y, al girar, la descubre: ambas se quedan quietas dos segundos. La bailarina suelta las velas, la grabadora y comienza a danzar. La niña trata de seguir los movimientos que alcanza a descifrar; pero la bailarina no se detiene, da un salto, cae exhausta. En la ventana, ve a la familia completa aplaudirle. La invitan a pasar, a cantarle las mañanitas a la niña. Cuando le dan un trozo de pastel, escuchan su voz por primera vez: Gracias, gracias, repite diez veces. Sólo eso. No se atreve a decirles que ese día ella también cumple años.

Un baile en el desierto

Para Alberto Ruy Sánchez, el personaje y amigo

Lo conocí bailando. Hace ya tiempo. Él buscaba pasos, yo, alguien a mi altura. Hoy, en la pista, nos miramos distinto: con la libertad que los años y las historias le dan al cuerpo.
Las pailas llenan El Tumbao de rimo y los cuerpos se sueltan. La comitiva se relaja. El Personaje sacude los hombros, las largas piernas, sonríe: me toma la mano y abre el ritual de Maimuna En los labios del agua.
Uno, dos giros y sus ojos diminutos ya están en alguno de los paraísos de Mogador, la ciudad que traza a diario su deseo, sus obsesiones, bailes secretos. Ese laberinto amurallado donde se desquicia el hombre y ordena el escritor.
La clave cubana marca la síncopa de sus pasos, ahora más breves, aún imprecisos. Los brazos van siguiendo la ondulación de las trompetas. Ruy Sánchez se acerca, resbala sus dedos por mi espalda, me hace girar. Sus gestos desbordados lo delatan: sigue primero el compás de la sangre, luego la música como si quisiera poseerla, con esa hambre adolescente que a veces nos vuelve un poco torpes creyendo que en un giro inesperado encontraremos la sorpresa.
No baila bien, baila mucho, dice Magui, su mujer, la única que conoce todos los giros que arman y desarman al personaje.
Alberto invita a las mujeres de la mesa con un gesto y todas obedecen, lo rodean; seguimos sus movimientos como serpientes a la flauta. Va bailando con una, con otra, su vanidad, su alegría. Y una puede ver qué le seduce: toca una mejilla, besa una mano, acaricia una cintura. Se suelta al ritmo de Celia Cruz: Alberto sabe, siente que la vida es un carnaval y busca manos, brazos, ojos con quienes compartirla ahí, en ese instante donde nada importa sino moverse, entregarse entero a la música que ya revienta desde dentro, ser otro, abandonarse en el otro, el que se tiene en los brazos.
Una de las mujeres lo lleva al rincón, le da masajes en las manos, acerca su prominente pecho al suyo. Las demás aprovechan para beber, comer algo. Yo sigo bailando sin dejar de reírme. Mi pareja también sonríe. Es sincero. Le divierten los francos, desmesurados, casi ingenuos juegos de seducción del alegre personaje.
Si atado a una corbata es desinhibido, sin ella, sobre la duela, acompañado por un par de tumbadoras, una clave y una mujer, Alberto enloquece. Se desfigura: gira, salta, rompe todos los gestos del rigor y pierde la noción de tiempo, de espacio. Se transforma, y transforma: la mujer que baila con él sonríe con esa especie de mueca que sólo el nerviosismo sostiene.
Se oye un merengue y se apodera de Alberto: su enorme anatomía parece sacudir todas las cosas dichas y no dichas, la historia: el título de doctor, de escritor, los ojos envidiosos. Su cara se chorrea, el cabello gris se parte en gajos gruesos, húmedos. Aquí es cualquiera, y es él, más él que en ningún podium. Le gusta ser el centro, el vórtice de esa revuelta de los sentidos. Se mueve entre todos, hombres y mujeres, sin temor al espejo que lo condene, al dedo que lo señale.
Todos en la pista hemos perdido compostura, el saludo oficial, la sonrisa de comitiva. El agua deshace las máscaras, el polvo que los desiertos acumulan en la piel.
La música termina. Alberto desaparece. Nadie se mira. Todos parecemos transitar a lugares imposibles: los sitios donde cada quien crea su propia “ración de eternidad”.
El Pollo regresa sin camisa, con papeles de estraza pegados al pecho, entre el saco y la piel mojada. Sus ojos y labios vuelven a bailar con cada una al despedirse.

Nado libre

Una brazada, dos, respira. Las piernas llevan el ritmo de la danza horizontal que Ania emprende en la larga pista de agua. La alberca está casi vacía. El sol, recién levantado, se filtra por las ventanas, flota como un manto de lentejuelas, llega hasta el fondo. Sin prisa, Ania atraviesa las enormes dagas de luz y las ve estallar en diminutas burbujas bajo las manos: luciérnagas líquidas que acarician y acompañan su movimiento, su baile solitario. Cada milímetro cúbico que la toca le parecen labios, dedos traviesos, dientes. Una brazada, dos, respira. Avanza sin rumbo, sin propósito. Por primera vez en diez años, las orillas no son meta, sólo el muro necesario para impulsar el cuerpo. Ya no entrena, no lo hará más. Y sin embargo sabe que ha nadado más que nunca. Sólo por hacerlo. Sin cronómetros, sin los gritos ni los pies que desde afuera la han perseguido todas las mañanas. Hoy no escucha a nadie, sólo el corazón que marca puntual el ritmo de su gozo. Ayer lo perdió todo: la medalla, el entrenador, las ganas de competir, la virginidad. Nunca, ahí dentro, se había sentido tan libre, tan desnuda. No sabe cuánto tiempo ha nadado. Cuántos kilómetros. El agua no ha borrado aún el olor del cuerpo que hace unas horas la dejó temblando: lo siente ahí, abrazándola en las mil lenguas líquidas que la tocan. Los listones de luz toman la forma del hombro, de las piernas, le ciñen la cintura, bailan con ella, le visten de día la carne trasnochada.

Voz del cuerpo

La boca de mi sexo busca en el aire algún aliento. Intento distraerla pensando en la canción que acompaña las alcohólicas sonrisas que amueblan el bar, pero el ritmo de la música acelera su pulso. Palpita. Me obliga a mirar de mesa en mesa, de cuerpo en cuerpo. Un hombre me sonríe al otro lado de la barra. Levanta la copa. Un suave tambor golpea mi carne por dentro y la enrojece. Él comprende, se pone de pie y avanza hacia mí. Mis ojos fijos en las faldas y pantalones abultados que una rumba zarandea pretenden ignorarlo. Pero el hombre no se detiene; parece adivinar la contienda que me aturde. Se acerca. Algo me dice. Puedo oler el tequila que navega por su sangre. Como una llama sobre licor derramado, mi sexo corre por toda la piel y la enardece. Yo intento ocultarlo pero mis álgidos gestos no son suficientes: sin mucho esfuerzo, él toma mi mano y me conduce al rectángulo de duela donde decenas de pies se arrebatan el espacio. Los acordes del piano nos sueltan los pasos. La clave cubana mueve mis piernas sincopadas, las suyas me siguen con un ritmo perfecto. Mis hombros se relajan. Él se aproxima. Su mano, con una firme caricia circular, sostiene mi espalda que se empeña inútilmente en alejarme de su pecho. La pena y la razón me abandonan en un golpe de pailas. Un merengue ondula nuestras cinturas y las empalma. Mi sexo siente en el suyo el latido del bajo, babea, me ensordece. Un bolero nos cambia el ritmo: mi cuerpo parece mudarse a su cuerpo en la lentitud de un giro. El hombre me mira y sonríe. Le pregunto su nombre. Él acerca sus labios, me deja un hilo de letras en la boca, el sabor de su voz, y se retira. Lo veo salir del bar solo, sin prisa. Una lágrima ácida me escurre entre las piernas.

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This work by Mónica Sánchez Escuer.

Ojos sujetos

No oigo lo que dicen las mujeres que me rodean; sólo veo unos labios que a lo lejos pronuncian mis palabras, las que imagino, las que busco. Dejo de mirar. Intento atender la conversación, pero es inútil; sé que él me está observando. Veinte pasos y treinta personas nos separan; cien voces, hielos rayando las copas, risas que inflan vestidos y tuercen corbatas de moño. Una de las mujeres se me acerca, me dice algo al oído, creo que es un nombre, me aprieta el brazo y apunta el suyo señalando a alguien. Me obliga a mirar. Siento que mil manos me recorren en dos segundos al verlo. Él sonríe y ya no me suelta la mirada. La mujer sigue hablándome pero no la escucho: el ruido punzante de mi cuerpo me aturde los oídos. Por fin la señora se desprende de mi brazo. Él intuye mis pasos y se adelanta justo en el momento en que decido caminar sobre la cuerda que me extienden sus ojos. Estamos cerca, tres metros tal vez. Sin los indicios de algún gesto, con la vista tendida sobre un mismo riel, cambiamos el rumbo: tu mano ya está sobre la mía y juntas reman por el aire buscando un rincón, una sombra. Las voces, los ruidos, apenas se oyen, sólo tu respiración y la mía resuenan. De pronto das un brusco giro y me escondes detrás de una puerta. Quiero preguntarte tantas cosas, saber todo de ti, pero sorprendes a mis labios abriéndose: te hundes en mi boca, muerdes mi voz y descubres que todas mis aguas te esperan revueltas. Tu mano corre firme por mi talle, mi pecho, mi hombro; desciende por mi brazo, se detiene, me aprieta. Una voz me sacude el cuerpo:
⎯Mónica, ¿me está escuchando? Como le decía, aquél es Edgardo, mi esposo.
Él, al otro lado del salón, la saluda sin mirarla: sus ojos, como la mano de su mujer, aún me sujetan.