Duda

El té está ya frío. Mis manos, cerca del plato, no se mueven. Esperan en vano que alguna de las tuyas se acerque, juegue con ellas mientras hablas. No sé qué dices. Sólo veo tus labios abrir y cerrarse con la misma suavidad con la que besan la taza. Y tengo sed. Tanta sed. De pronto tus ojos que paseaban distraídos por la mesa se detienen en los míos: dos cascadas de agua tibia me caen y me desvisten; ya nada puedo hacer: me bañan toda, se llevan mi secreto. Y me dejan palpitando, muy adentro, el tuyo. Un largo silencio nos descifra. No quiero cambiar el rumbo, mirar tu boca, caer, desnuda, en ese otro precipicio donde sabemos no hay retorno. Dos medias lunas tiemblan indecisas en tus ojos. Tu mano suelta la taza, roza mis dedos y se desvía justo cuando escuchamos la puerta de la cocina rechinar. La tía Carmen entra con una charola de galletas y me pregunta:

—¿Te resolvió la duda tu tío?

Desde la orilla

A Mayán, por su renacimiento

Esperas. Hace frío y el abrazo aún no llega. Te has puesto la chalina rosa mexicano para no confundirte con las francesas. Para que él no te confunda con las francesas. Pero no hay nadie en el Sena. Solo tú y el aire helado que congela tus suspiros. Miras el reloj. Más de media hora. Decides esperar diez minutos. Sólo eso. Tal vez sus citas, el metro, su atrabancado andar por la vida. Pero sabes que tu hombre, es un hombre de salva. Aparece en un fugato y se disuelve mucho antes de la coda. Lo has sabido siempre. Y, sin embargo, hoy esperas. Imaginas que esta tarde es distinta a todas las tardes, que él llegará y se arrinconará en tus brazos, y se quedará ahí hasta que los dos duerman y se busquen de nuevo entre los sueños.

Ha pasado una hora y tú sigues imaginando. El agua se eriza con el viento, no deja de correr y tú la envidias por tener un rumbo, un ritmo inalterable. Tu corazón, en cambio, se fatiga muy pronto. Ahora mismo crees escuchar sus tropiezos en el pecho. Tus ojos quieren hundirse en el río, pescar del fondo las respuestas a todas las preguntas que se pasean por tu cráneo. Y es una sola, tremenda, la que aparece en la superficie. Sientes el frío quebrar tus huesos. Un hombre, tu hombre, baja la rampa deprisa, pasa junto a ti, te llama, te grita mirando el cuerpo que sigue el lento ritmo del Sena. Sobre ese cuerpo reconoces la chalina rosa mexicano que flota como bandera vencida junto a los restos de un naufragio. Tu hombre llora. Te ha perdido.   Y tú sonríes. Tú también te has perdido, ya no por él, por ti, has dejado a esa que él tuvo para él solo. Y lo dejas ahí, lamentándose, y recorres, como si nunca antes, las calles de París.


Agua

La alberca está casi vacía. El único árbol del paisaje atraviesa la ventana y se mueve en pequeñas sombras líquidas que las manos de Andrea disipan. Una brazada, dos, respira. La velocidad y el sonido del agua no son suficientes. No puede escapar de los ruidos que la arañan dentro: la risa de Norma, el rechinido de la puerta, los gritos de su padre segundos antes del infarto.

El silencio.

Después de dos horas, Andrea sale de la piscina agitada. Las piernas le tiemblan. Antes de entrar al vestidor, mira la larga ventana que detiene el viento y la arena; detrás, el árbol y sus ramas enloquecidas. Siente escalofrío. Una gota que le escurre por el hombro la distrae, llega al codo, sigue hasta el dorso de la mano. Andrea acerca los labios y la desaparece. En el vestidor, alguien la llama:

—Hola, pequeña.

Los labios recién llegados secan los suyos, sus pechos, toda la piel que no para de gotear.

En la cama que fue de su madre y de su padre, de su padre y de Norma, de la viudez guardada unas semanas, su antigua madrastra le moja de nuevo el cuerpo con la lengua, le busca el agua. Andrea muerde las sábanas, intenta descifrar las figuras que el polvo y la humedad han formado en el techo: no quiere mirar, hacer ruido, siente que su padre está ahí, quieto, detrás de la puerta que él abrió el día que llegó temprano, el último de su vida, y que ahora atraviesa como sombra por un cristal y le moja los ojos con el agua de sus ojos muertos.

Alma gemela

Vienes a mí hecho pregunta. Desnudo, abierto como una mano que ansía ser leída. Aunque lo nuestro dure siempre, no hay futuro, lo sabemos. Sólo estos momentos que se extienden en tus ojos como falsas promesas, siempres, nuncas, luces de Bengala en un cielo de cartón.

Acercas tu boca, te beso, y nos sorprende el lenguaje apurado de los cuerpos donde todo coincide: los latidos, la sangre agolpada, el contorno carnoso de las bocas. Como la mirada de nuestra madre esta mañana, el filo de luz que penetra entre las cortinas se empeña vanamente en separarnos.

Sobre una cama anónima, lejos de casa, de mamá, festejamos nuestro cumpleaños: hacemos el amor toda la tarde con la certeza de volver a ser uno, como los fuimos hace dieciséis años, dos horas y unos cuantos segundos.

Herencia

Esa noche, tu reloj de pulsera se detuvo justo en el momento en que entraste a la vecindad. Antes de dármelo, lo miraste: 7:15 p.m. Sabías que a esas horas el hombre, tu hombre, al que nunca quise llamar padre, estaría ya borracho. Y sí, lo estaba. Desde el patio se escuchaban los gemidos. Al subir, lo vimos golpear la puerta con los puños, como si en la madera  estuviera estampada la imagen del zurdo ése que le tumbó de un trancazo los dientes y su título de peso gallo.  Tú te quedaste en la escalera para mirarlo trastabillar, sonrojarse, maldecirte. Sonreías: quizá pensabas que terminaría demasiado cansado para echársete encima. Yo, con mis seis años, parada detrás de ti, no entendía tu pequeña venganza. 
El hombre seguía gritando mientras, a sus espaldas, jugabas con las llaves. Sabías que él no venía por ti, sólo por su asquerosa dentadura con incrustaciones de brillantes y oro que desgranaba a cambio de los tragos. Mucho tiempo después entendí por qué dejabas el vaso con sus falsos colmillos muy cerca de la ventana y te divertía verlo arañar el vidrio, implorándote. Pero esa noche, él rompió el cristal de un puñetazo y con torpes movimientos trató de recuperar su orgullo bucal. Lo único que obtuvo fueron vidrios incrustados en el brazo. 
Tú lo viste caer, manchar con su sangre el desgastado “bienvenidos” del tapete. Lo oíste gemir y, sin mirarlo más, brincaste su cuerpo y entraste a la casa. Yo me quedé quieta, mirando cómo sacabas la dentadura del vaso y metías algo de ropa en una bolsa. 
Nos mudamos lejos. Otras casas, otros pueblos, otros hombres no borraron la memoria de los golpes. ¿Cómo podía olvidar si a donde quiera que íbamos llevabas entre tu ropa los malditos dientes? Yo sabía que no valían mucho —ni siquiera creo que alcancen para pagar tu entierro— pero tú te empeñabas en guardarlos: Son tu herencia, me decías. 
Ahora que leo el improvisado testamento que me dejaste en una hoja de libreta, junto a la dentadura, al fin comprendo que te fueron útiles: “No los vendas, enséñalos a todos tus hombres y nunca nadie te hará daño”. 

Epidemia

Los semáforos van del verde al amarillo, del amarillo al rojo con el monótono y desincronizado ritmo de siempre. El metrobús ya no atropella a nadie. La gente no se amontona en las paradas ni se aplasta en los cristales de las puertas de los metros. Los taxis no pelean con los micros, los micros con el mundo. No hay autos en doble fila. Ningún embotellamiento. No se escuchan cláxones ni recordatorios familiares en los cruces. Sólo se oye el viento, los pájaros curiosos y el gis de un radio que alguien olvidó apagar. El Circuito Bicentenario luce inútil, desnudo, su nuevo concreto. El aire es transparente como en los tiempos de Fuentes. Hace días que no hay robos. Ningún policía. Todos huyeron. Todos. De la epidemia, de la ciudad, del país. Aún pueden verse en las carreteras, cerca de la frontera, a los más rezagados. Muchos ni siquiera enterraron a sus muertos. En hospitales y casas, sobre las camas sucias, perros, cucarachas, gatos, moscas y ratas se reparten los cuerpos. Ningún cerdo. Los pocos que algunas personas engordaban en sus patios, se comieron los restos de sus dueños. Todos murieron de influenza humana. No hay animal que se trague sus cadáveres.

Tequila


Foto: Antonio de Villa

Aquí nadie aguanta el peso de los días. El tiempo se revuelve todito. Dicen que es por tanta espina, tanto maguey que azulea los cerros y ataranta el aire cuando se cuece. Ni la bendita bebida que lleva el nombre del pueblo, lo salva a uno, sólo le hace creer, unas horas, que las penas no existen. Y sí, Fulgencio, el tequila en Tequila, sabe distinto, raspa la garganta y le enciende a uno la voz y el cuerpo luego, luego, como si se llevara el polvo y el olor del agave cocido en cada trago.
Mejor nos vamos. Heladio no nos va a extrañar en el entierro. Y no me quiero embriagar.
Dicen que murió de tiempo, que lo tenía todo perdido, que hablaba con los muertos. Y todos saben que quien muere así, muere sin prisa, así nomás, de un día para otro. No había nada que hacer. Heladio siempre tuvo los horarios torcidos, ¿te acuerdas?, salía de noche y dormitaba de día, miraba como de lejos, de a poquito, y así mareaba a todas las mujeres que se tropezaban con sus ojos.
La última vez que lo vi me dio miedo. Estaba todo encorvado y sin recuerdos, calladito, miraba con odio el cielo como si el sol le hubiera achicharrado la memoria. Y luego, con el mismo coraje, me miró de frente. Creí que se me iba echar encima y salí corriendo. Dicen que los muertos siempre regresan con las rabias y los minutos volteados. Mejor vámonos, hermano, qué tal que Heladio se nos despierta buscando venganza. Si yo no sé por qué lo hicimos, por qué nos la llevamos. Ni estaba tan buena la tal Aralia. Tanto pleito por las tierras, por la herencia de papá, tanto tequila, y las malditas nalgas de su mujer que iban y venían, todito nos encendió los cojones esa noche. Y ¿para qué? Ni las tierras, ni la vieja. Pero la Aralia ya andaba mala cuando nos la llevamos al cerro. Sí, yo me acuerdo. Cuando tú terminaste, ya tenía los ojos en blanco. Yo nomás la tuve como quien tiene un cuerpecito dormido, y no me gustó, Fulgencio, no me gustó. Ándale, vámonos antes de que el viento levante la tierra seca y las cenizas y el olor dulce del agave quemado, no vaya a ser que todo se nos trepe y terminemos como Heladio, nuestro hermano, sin hallarle pies ni cabeza al día, a la noche. A la culpa.

Grandes

Alguien llama a la puerta. Los dos se miran asustados. Ella quiere esconderse debajo de la cama. Él, salir como si nada hubiera sucedido. Los dos saben que hay algo malo en estar ahí dentro. Encerrados. Como grandes. Y en el cuarto de la abuela. Con la abuela que los sorprendió jugando como grandes. Y se asustó. Y ahora no quiere despertarse. Los golpes hacen temblar a la puerta. Y a sus pechos. Del otro lado se escuchan sus nombres. Reconocen una voz. Luego otra. Tienen más miedo que antes: la mamá y la tía de ella, la tía y la mamá de él tocan, gritan, amenazan. Si abren, el castigo será grande. Si no lo hacen, tal vez mayor. Ella recoge todo lo que puede, un par de anillos, las siete pulseras igualitas que usaba su abuela de joven, la pañoleta amarilla. Él abre la ventana, se asoma: No hay nadie, le dice. Ven. La toma de la mano, le da un beso rápido en la mejilla, saltan. Nadie ve a los dos niños correr por la calle. Nadie escucha los gritos de dos mujeres, la madre y la tía, la tía y la madre, las hermanas que abren la puerta y sólo hallan el cuerpo de la abuela, su madre, tirado sobre el piso, la ventana de par en par, el silencio que habita en una casa sin niños.

Espera

Nadie llama. La sangre ya está seca sobre sus muslos. Lena no quiere moverse. El cuerpo le duele, pero hay algo más profundo que la tortura. No quiere dormir. Cada quince minutos, encaja las uñas sobre sus brazos amoratados para ahuyentar el sueño. Tampoco quiere pensar: teme que la voz, su propia voz, se le suelte dentro y no la deje escuchar el timbre. Pero nadie llama. Pasa una hora. Dos. Mira el techo como si buscara en el mapa trazado por la humedad y el polvo las palabras que espera oír. Está cansada. Los párpados hinchados quieren caer. Lena los sostiene con los dedos unos segundos y dos lágrimas le mojan las orejas. Tres horas. Nadie llama. La sangre, como el pulso del reloj, camina lenta dentro de sus venas heladas. Siente frío. El asco del último beso le escurre como un hilo de hielo por la boca. El cuerpo se le entume, se hace silla sobre la silla dormida. Las manos, mariposas violentas que estrella en su rostro, son la única señal de que hay en ella algo vivo. Cuatro horas y unos minutos: el timbre del teléfono le quiebra el oído y se clava como nido de alfileres en su carne. Los dedos torpes aprisionan la bocina. Sin voz, escucha a la hermana: Ha muerto. Lena mira el suelo manchado, el cuchillo. En un bostezo, se lleva todo el aire denso de la habitación. Se levanta, deja de ser mueble. Sus huesos crujen más que el piso de madera bajo sus pasos. Cuando llega a la cama, deja caer sus catorce años y el colchón tiembla, como tembló horas antes, cuando su cuñado le cayó encima con los puños y su sexo erguidos. Él ha muerto. Lena por fin duerme.

Ortodoxias

Era marxista. Usaba la mirada aguda en días de fiesta y la mezclilla a diario. Vestía con anteojos su cara de luna para mirar mejor el suelo; nunca tropezaba, sus pasos precisos caían como imanes sobre la tierra.
Yo lo admiraba: excelente ensayista, luchador social, intelectual sensible. Quería conocerlo, saber si en sus palabras diarias brillaba la misma luz que en sus escritos. Un día, saliendo de su clase, me atreví: lancé su nombre ocultando, tras el morral y una amplia sonrisa, mi pinta burguesa, y él me respondió. Así comenzaron nuestros encuentros.
Todo se volvió intencional entre nosotros: sus libros, mis preguntas, su materialismo dialéctico. Una tarde, sus palabras desaparecieron en la elocuencia de mi boca y, sin definiciones ni trazados paradigmas, empezamos a compartir algo más que El capital.
Me gustaban sus anteojos y las ideas que salpicaba sobre mi frente, sus labios mojados apenas abiertos y la duda constante clavada en su rostro.
Habíamos salido un par de veces y su piel aún no se atrevía a enseñarme sus maestrías. Esperé unas semanas. Nada. Fui yo entonces quien abrió las puertas. Una noche, en medio de los besos, le desabroché la camisa poco a poco. La mezclilla parecía cosida a sus piernas, pero al fin cayó con todo y el frío que cubría. En un impulso, él me arrancó los botones de la blusa para mostrarme su tacto muy de cerca. Sus manos rehicieron mi espalda y mis pechos diez veces, luego bajaron y subieron por mis muslos hasta atorarse en el cierre de mi falda. Las ganas terminaron intactas en el piso.
La escena se repitió unos días más tarde. Esta vez se detuvo ante mi cuerpo abierto. No puedo, eres virgen, me dijo, y se vistió.
Por meses, odié mi carne fresca, sus contradicciones de clase, abrí mi lacrado sexo, y a muchos.
Él nunca lo supo.
Ya no es Marxista. Tampoco profesor. Es funcionario del gobierno y un buen esposo. Me ha dado una casa, un buen auto, dos hijos y un perro. Después de hacer el amor, siempre me besa en la frente y me llama su virgencita.