Desbocados

Una sobre otra, las bocas se confunden: abrazan los bordes, los rebosan, derriban el horizonte encendido de sus líneas. Rompen olas sobre las playas de la lengua, se sumergen entre la sed y el océano profundo que las bebe. Los labios encarnan, uno en el otro, prueban la mezcla de sal y de secretos, ríen, acarician la piel adormecida: se desprenden.

Lentamente vuelven a ser boca.

Agua

La alberca está casi vacía. El único árbol del paisaje atraviesa la ventana y se mueve en pequeñas sombras líquidas que las manos de Andrea disipan. Una brazada, dos, respira. La velocidad y el sonido del agua no son suficientes. No puede escapar de los ruidos que la arañan dentro: la risa de Norma, el rechinido de la puerta, los gritos de su padre segundos antes del infarto.

El silencio.

Después de dos horas, Andrea sale de la piscina agitada. Las piernas le tiemblan. Antes de entrar al vestidor, mira la larga ventana que detiene el viento y la arena; detrás, el árbol y sus ramas enloquecidas. Siente escalofrío. Una gota que le escurre por el hombro la distrae, llega al codo, sigue hasta el dorso de la mano. Andrea acerca los labios y la desaparece. En el vestidor, alguien la llama:

—Hola, pequeña.

Los labios recién llegados secan los suyos, sus pechos, toda la piel que no para de gotear.

En la cama que fue de su madre y de su padre, de su padre y de Norma, de la viudez guardada unas semanas, su antigua madrastra le moja de nuevo el cuerpo con la lengua, le busca el agua. Andrea muerde las sábanas, intenta descifrar las figuras que el polvo y la humedad han formado en el techo: no quiere mirar, hacer ruido, siente que su padre está ahí, quieto, detrás de la puerta que él abrió el día que llegó temprano, el último de su vida, y que ahora atraviesa como sombra por un cristal y le moja los ojos con el agua de sus ojos muertos.

Ángel

Abro los ojos y aparece un ángel. Enorme, hermoso. Una luz se tuerce detrás de sus alas y me deslumbra. No dejo de temblar cuando me abraza. Ahora sé que lo había esperado cientos y cientos de años. Sus manos blanquísimas me acarician la espalda como un par de nubes de primavera. Su pecho escucha atento el ritmo del mío. No sé cómo, me hace llama entre sus brazos sin quemarlo. Soy incendio que Ilumina la habitación en un instante. La sombra de mi silla desaparece. La de sus alas.

Juntos, abrazados, ángel y yo somos una criatura descomunal, luminosa, poderosísima, capaz de abrir y cerrar cielos, crear multitud de soles, mover los rayos de la luna fuera del mar, ser el mar entero. Y la luna. Y las flamas que desprende el mediodía.

En silencio, el ángel se despega de mi pecho y se lleva un trozo de mi carne. Las sombras vuelven. El ardor. Él anuncia su partida y extiende sus alas. En ellas descubro pedazos de piel seca llenos de letras pequeñitas. Miles de historias inconclusas. La mía, demasiado fresca, mancha de rojo su ala izquierda. Y la olvido completa cuando, ya en el aire, el ángel cierra mis ojos de un soplo.

Alma gemela

Vienes a mí hecho pregunta. Desnudo, abierto como una mano que ansía ser leída. Aunque lo nuestro dure siempre, no hay futuro, lo sabemos. Sólo estos momentos que se extienden en tus ojos como falsas promesas, siempres, nuncas, luces de Bengala en un cielo de cartón.

Acercas tu boca, te beso, y nos sorprende el lenguaje apurado de los cuerpos donde todo coincide: los latidos, la sangre agolpada, el contorno carnoso de las bocas. Como la mirada de nuestra madre esta mañana, el filo de luz que penetra entre las cortinas se empeña vanamente en separarnos.

Sobre una cama anónima, lejos de casa, de mamá, festejamos nuestro cumpleaños: hacemos el amor toda la tarde con la certeza de volver a ser uno, como los fuimos hace dieciséis años, dos horas y unos cuantos segundos.

Flecha rota


A Mayán, por supuesto.

Viene como una flecha rota: zigzagueante, impreciso. Lo dejo acercarse, decir unas palabras, tropezarse con mis ojos. Sonrío. Él cree que es una señal y me toma el brazo con sus dedos fríos. Lentamente retiro su mano. Sonrío de nuevo. Por supuesto él cree entenderlo todo y me da su tarjeta:

—Llámame.

*

Llego tarde a la boda. Me conduzco hacia el único lugar disponible en una de las mesas del fondo. Al acercarme, escucho mi nombre. Es él que está sentado a un lado de la silla vacía. Me saluda efusivo. Platicamos del único tema común: los novios. Antes del postre me toma la mano. Habla de mi voz, de mi extraordinario cuello. Imagino una jirafa enronquecida y decido marcharme. Con la seguridad de que será bien recibido, se aproxima. Titubea. Me da un beso. Sus labios secos arañan mi mejilla.

—Llámame

*

Después de tres meses, nos volvemos a encontrar. Me saluda con el entusiasmo de quien ya conoce el lado tibio de mis sábanas. No me extraña. El amigo que lo acompaña parece entender ese mensaje y me estrecha la mano por más tiempo del que debiera. Los dos me dicen cosas que imaginan interesantes mientras cada uno cree descifrar con certeza los símbolos de mi sonrisa. Antes de marcharse, el amigo me dirige un guiño mientras él se despide muy cerca de mi oreja:

—Llámame.

*

Alguien me observa. No distingo bien su rostro. Las sombras móviles del bar parecen cambiarle cada segundo el gesto. Se acerca. Lo reconozco pero no le digo nada. La horizontalidad de mi boca lo hace titubear:

—¿Te acuerdas de mí?, nos conocimos hace dos años, en un concierto.

Mi memoria se ríe y pierde su nombre. Él lo pronuncia dos veces con la certidumbre de que ya no se me olvidará jamás. Me explica algo de sus trabajos. Saca una tarjeta, escribe números, direcciones, arrobas y me la da:

—Escríbeme.

*

Abro mi agenda. Paso de un nombre a otro recordando caras, señas particulares, voces. Miro el teléfono. Al hojear de nuevo la libreta, cae una tarjeta al suelo: números, direcciones, arrobas. Marco. Él me contesta algo asombrado. Hablamos sobre el concierto, sobre los novios: ¡ya cumplieron dos años de casados! Reímos. Lo invito a mi recital. Lástima, el viernes tiene un compromiso de trabajo. El siguiente fin de semana estará muy ocupado. Tal vez en quince días:

—No dejes de llamarme.

Cuelgo.


Espera

Nadie llama. La sangre ya está seca sobre sus muslos. Lena no quiere moverse. El cuerpo le duele, pero hay algo más profundo que la tortura. No quiere dormir. Cada quince minutos, encaja las uñas sobre sus brazos amoratados para ahuyentar el sueño. Tampoco quiere pensar: teme que la voz, su propia voz, se le suelte dentro y no la deje escuchar el timbre. Pero nadie llama. Pasa una hora. Dos. Mira el techo como si buscara en el mapa trazado por la humedad y el polvo las palabras que espera oír. Está cansada. Los párpados hinchados quieren caer. Lena los sostiene con los dedos unos segundos y dos lágrimas le mojan las orejas. Tres horas. Nadie llama. La sangre, como el pulso del reloj, camina lenta dentro de sus venas heladas. Siente frío. El asco del último beso le escurre como un hilo de hielo por la boca. El cuerpo se le entume, se hace silla sobre la silla dormida. Las manos, mariposas violentas que estrella en su rostro, son la única señal de que hay en ella algo vivo. Cuatro horas y unos minutos: el timbre del teléfono le quiebra el oído y se clava como nido de alfileres en su carne. Los dedos torpes aprisionan la bocina. Sin voz, escucha a la hermana: Ha muerto. Lena mira el suelo manchado, el cuchillo. En un bostezo, se lleva todo el aire denso de la habitación. Se levanta, deja de ser mueble. Sus huesos crujen más que el piso de madera bajo sus pasos. Cuando llega a la cama, deja caer sus catorce años y el colchón tiembla, como tembló horas antes, cuando su cuñado le cayó encima con los puños y su sexo erguidos. Él ha muerto. Lena por fin duerme.

Candelaria

A Cane que me pidió un cuento para regresar.

Era un juego. Sólo eso. El tipo de Internet la invitaba a escribir veinticinco cosas sobre sí misma al azar. No importaba qué. Empezó por describir la más obvia de sus características físicas: su tamaño. Era bajita. Muy bajita. Se perdía fácilmente en la cama y sufría entre la gente del metro. Su horizonte eran nalgas, hebillas y bultos. Luego siguió con las orejas, las piernas y los dientes. Grandes, delgadas y amarillos. Borró. Atentas, torneadas y parejos. Quiso verse intelectual y escribió sobre el primer libro que había leído: Mujercitas. Y se siguió como hilo de media: el primer disco, el primer novio, la primera fiesta. Ahí se detuvo a recordar: su primera fiesta, su primer beso, el sabor a nuez en la boca. Un dos de febrero.

Iba ya por la veinte, cuando le pareció escuchar la voz que siempre le abría los apetitos: “Riiicos tamales oaxaqueeeñooos, calientitos…lleve sus ricos tamales…”. Como tantas veces, a tropezones bajó las escaleras, abrió la puerta y le gritó al hombre. Éste dio vuelta a su bicicleta, se detuvo frente a ella y abrió el tambo humeante: ¿Rojos, rajas, verdes, de mole o de dulce?, preguntó. Ella sólo lo miraba sorprendida. ¿Qué no va a comprar, güerita? ¿Güerita? ¿Candelaria?
Antes de irse, el hombre le dejó una docena de tamales surtidos y dos besos con sabor a atole de nuez.
Ella terminó su lista:
25. Su primer hombre, un dos de febrero, veinte años después.
Nota: En México, tradicionalmente se comen tamales el dos de febrero, día de la Candelaria. Más información aquí.

Ortodoxias

Era marxista. Usaba la mirada aguda en días de fiesta y la mezclilla a diario. Vestía con anteojos su cara de luna para mirar mejor el suelo; nunca tropezaba, sus pasos precisos caían como imanes sobre la tierra.
Yo lo admiraba: excelente ensayista, luchador social, intelectual sensible. Quería conocerlo, saber si en sus palabras diarias brillaba la misma luz que en sus escritos. Un día, saliendo de su clase, me atreví: lancé su nombre ocultando, tras el morral y una amplia sonrisa, mi pinta burguesa, y él me respondió. Así comenzaron nuestros encuentros.
Todo se volvió intencional entre nosotros: sus libros, mis preguntas, su materialismo dialéctico. Una tarde, sus palabras desaparecieron en la elocuencia de mi boca y, sin definiciones ni trazados paradigmas, empezamos a compartir algo más que El capital.
Me gustaban sus anteojos y las ideas que salpicaba sobre mi frente, sus labios mojados apenas abiertos y la duda constante clavada en su rostro.
Habíamos salido un par de veces y su piel aún no se atrevía a enseñarme sus maestrías. Esperé unas semanas. Nada. Fui yo entonces quien abrió las puertas. Una noche, en medio de los besos, le desabroché la camisa poco a poco. La mezclilla parecía cosida a sus piernas, pero al fin cayó con todo y el frío que cubría. En un impulso, él me arrancó los botones de la blusa para mostrarme su tacto muy de cerca. Sus manos rehicieron mi espalda y mis pechos diez veces, luego bajaron y subieron por mis muslos hasta atorarse en el cierre de mi falda. Las ganas terminaron intactas en el piso.
La escena se repitió unos días más tarde. Esta vez se detuvo ante mi cuerpo abierto. No puedo, eres virgen, me dijo, y se vistió.
Por meses, odié mi carne fresca, sus contradicciones de clase, abrí mi lacrado sexo, y a muchos.
Él nunca lo supo.
Ya no es Marxista. Tampoco profesor. Es funcionario del gobierno y un buen esposo. Me ha dado una casa, un buen auto, dos hijos y un perro. Después de hacer el amor, siempre me besa en la frente y me llama su virgencita.

Allá


Foto: Mario Daher

A mi amigo del desierto

Ya no llueve por allá, me dijo Tiburcio con tristeza. Todo se seca rapidito, hasta el agua de los cuerpos.
De veras que yo ya ni me acuerdo de aquellos rumbos, le dije, seguro que ni llegar sé. Ya ni de oidas me entero del Arenal, a nadie me encuentro, a nadie busco: de allá sólo se traen puras malas noticias.
Tiburcio siguió hablando: Los ojos se secan, nadie se acuerda de llorar, ni los viejos ni los niños conocen el agua del alma. Sólo se escuchan gemidos detrás de las puertas.
Allá no llueve nunca pero Tiburcio me lo vino a contar asustado, como si de un dia para el otro la tierra se hubiera tragado todos los cántaros de ese pueblo sin poros.
Él hablaba y hablaba. Sólo de oirlo se me agrietaron los labios. Me los quise remojar con agua de tuna. Cómo extraño el agua de tuna, le dije. Aquí sólo hay latas y botellas retornables. Tiburcio tragó saliva. Sí, yo también extraño el agua, me dijo, y siguió hablando. Yo le noté la nostalgia en la boca. Entonces dejé de oír sus palabras, sabía bien que aquel lugar, como él mismo, no se mueve al parejo que el reloj. Además, yo ni me acordaba de aquella gente, ni de la sed, ni de los ruidos que tanto le raspaban la garganta a Tiburcio.
De pronto se detuvo a media palabra y me miró; yo sentí miedo de verlo tan quieto, tragando saliva. Tengo sed, me dijo. Sí, yo también estaba toda seca pero no le dije nada. Tiburcio me adivinó cuando pasé la punta de mi lengua por mis labios. No, eso no sirve, le oí decir apenas y luego me pegó su boca y sentí sus surcos. Empezó a sacarme agua, mucha agua, como de un pozo profundo: ya ni quien se acuerde de la gente, de la sed, de esa maldita sed que evapora los líquidos del cuerpo.
Tiburcio se fue; me dejó empapada tres días y no volvió. Él sí es de allá, no puede vivir entre las aguas.

Umbral


Fotografía: Jorge Hernández Tinajero.

A Ricardo Bernal
Fue ahí, en el quicio de tu puerta donde se atoraron todas mis huidas. Ahí me encontraste hace meses recogiendo unas monedas, un espejo, las llaves que te robé, el retrato de mi madre y mis ganas de escapar regadas en el piso: el último de mis intentos, como mi bolso, se me había caído en el umbral.

Al día siguiente, lo recuerdo bien, compraste un gran espantapájaros y lo colgaste del techo, muy cerca de la puerta: para que no entren los malos sueños que te revuelven la cabeza, me dijiste. Pero no, esos ya estaban dentro y tú lo sabías.

Nunca supe por qué, pero ese día me empezaste a acariciar distinto, con las manos abiertas como quien roza una divinidad y no se atreve a despertarla. Semanas después llegaste a decirme que no querías manchar mi carne con los líquidos turbios de tu cuerpo y me tendiste en otra cama. No me necesitabas más que para adorarme, como se adora a una virgen de ojos tristes: a distancia, con piedad y compasión.

Desde ese día me ausenté sin marcharme. Había logrado burlar al espantajo colgado del techo que no consiguió asustar ni uno sólo de mis pájaros. No te veía ni te escuchaba, sólo sonreía de vez en cuando para que no sospecharas.

Tú no lo sabías, pero yo no estaba ya cuando martillabas los clavos sueltos de la repisa, y del tablón más alto, te cayó encima mi gran elefante de la suerte. No te escuché pedirme ayuda desde el charco de tu sangre y tampoco vi el último movimiento de tus ojos maldiciéndome.
Yo ya estaba lejos, muy lejos, cuando mi cuerpo atravesó por fin el umbral de tu casa y salió a buscarme.