Desde la orilla

A Mayán, por su renacimiento

Esperas. Hace frío y el abrazo aún no llega. Te has puesto la chalina rosa mexicano para no confundirte con las francesas. Para que él no te confunda con las francesas. Pero no hay nadie en el Sena. Solo tú y el aire helado que congela tus suspiros. Miras el reloj. Más de media hora. Decides esperar diez minutos. Sólo eso. Tal vez sus citas, el metro, su atrabancado andar por la vida. Pero sabes que tu hombre, es un hombre de salva. Aparece en un fugato y se disuelve mucho antes de la coda. Lo has sabido siempre. Y, sin embargo, hoy esperas. Imaginas que esta tarde es distinta a todas las tardes, que él llegará y se arrinconará en tus brazos, y se quedará ahí hasta que los dos duerman y se busquen de nuevo entre los sueños.

Ha pasado una hora y tú sigues imaginando. El agua se eriza con el viento, no deja de correr y tú la envidias por tener un rumbo, un ritmo inalterable. Tu corazón, en cambio, se fatiga muy pronto. Ahora mismo crees escuchar sus tropiezos en el pecho. Tus ojos quieren hundirse en el río, pescar del fondo las respuestas a todas las preguntas que se pasean por tu cráneo. Y es una sola, tremenda, la que aparece en la superficie. Sientes el frío quebrar tus huesos. Un hombre, tu hombre, baja la rampa deprisa, pasa junto a ti, te llama, te grita mirando el cuerpo que sigue el lento ritmo del Sena. Sobre ese cuerpo reconoces la chalina rosa mexicano que flota como bandera vencida junto a los restos de un naufragio. Tu hombre llora. Te ha perdido.   Y tú sonríes. Tú también te has perdido, ya no por él, por ti, has dejado a esa que él tuvo para él solo. Y lo dejas ahí, lamentándose, y recorres, como si nunca antes, las calles de París.


Ángel

Abro los ojos y aparece un ángel. Enorme, hermoso. Una luz se tuerce detrás de sus alas y me deslumbra. No dejo de temblar cuando me abraza. Ahora sé que lo había esperado cientos y cientos de años. Sus manos blanquísimas me acarician la espalda como un par de nubes de primavera. Su pecho escucha atento el ritmo del mío. No sé cómo, me hace llama entre sus brazos sin quemarlo. Soy incendio que Ilumina la habitación en un instante. La sombra de mi silla desaparece. La de sus alas.

Juntos, abrazados, ángel y yo somos una criatura descomunal, luminosa, poderosísima, capaz de abrir y cerrar cielos, crear multitud de soles, mover los rayos de la luna fuera del mar, ser el mar entero. Y la luna. Y las flamas que desprende el mediodía.

En silencio, el ángel se despega de mi pecho y se lleva un trozo de mi carne. Las sombras vuelven. El ardor. Él anuncia su partida y extiende sus alas. En ellas descubro pedazos de piel seca llenos de letras pequeñitas. Miles de historias inconclusas. La mía, demasiado fresca, mancha de rojo su ala izquierda. Y la olvido completa cuando, ya en el aire, el ángel cierra mis ojos de un soplo.

Reinalda

Estaba borracha, pero nadie lo notó. Reinalda tiene el don de fundirse con el ambiente y no ser vista, pasar de largo sin que nadie la vea trastabillar, despeinarse o maldecir al mesero. Por eso todos la recuerdan dulce y serena en las fiestas. Como un mantel que combina con las cortinas y el tapiz claro de las sillas: un mantel discreto que no compite con las formas audaces de una vajilla sueca ni con los colores vivos de los platillos gourmet.
Esa noche Aldo cantó milongas. A saber por qué. Desde la silla barcelona, orgullo de Margot, Reinalda parecía escuchar tangos con la mirada ida y el cuerpo suelto. Tan suelto, que daba la sensación de haber sido abandonado, puesto ahí como por descuido por el mismísimo Mies van der Rohe en los años treinta. Sí, ella iba bien con la silla, con los tangos. Pero no con Aldo ni sus milongas. Alguna vez él me dijo que Reinalda le remitía a otra época, tal vez por el arco de sus cejas o su voz tenue y acompasada como la que imaginaba en las actrices del cine mudo. Me molestó más que el comentario, el tono engreído de quien se sabe admirado y desdeña a su admiradora, pero no le dije nada. Ni a ella tampoco. Para qué. Los dos nunca serían una sola historia. Y menos después de esa noche.
No supe en qué momento llegó tanta gente a casa de Margot: la reunión se hizo fiesta y todos terminaron bailando en la terraza. Aldo, besando a una jovencita que nadie conocía. Cerca de la una, me encontré a Reinalda en la puerta del baño: no entraba ni salía de él. Me estoy muriendo, me dijo, como decir la hora o el clima. Sólo estás borracha, le dije apartándola de la puerta. No, de verdad… Se dio la media vuelta. …Me muero. La vi caminar deteniéndose de la pared, de las espaldas y hombros de algunos invitados. Me tranquilicé al verla subir a un taxi.
Al día siguiente la llamé pero su teléfono estaba suspendido. El celular, fuera de servicio. Después de tres cafés y una aspirina, caí en la cuenta de que ella no estaba en condiciones de llamar un taxi. Ninguno de los amigos hizo la llamada ni la vio partir. Ni siquiera recuerdan haberla visto en la fiesta.
Su departamento está vacío desde hace meses, me dijo la portera.
Cuando la platiqué a Margot con detalle lo sucedido se sorprendió: ¿Borracha? ¿Reinalda? No, eso es imposible. Seguramente eras tú quien se había tomado más de seis tequilas.

olas

Mira allá, Ari, cómo se arruga el agua, y viene y se nos sube a las piernas como calcetines largos, las llena de burbujas chiquititas y luego se va y nos desnuda otra vez. No, no importa que no te acuerdes qué nos pidió mamá para el almuerzo. Yo ya me olvidé cuántas gotas deben caer en su vaso todas las mañanas. ¿Y qué? Aquí no la oímos, ni nos oye, nadie nos busca. Ella seguro nos llamará, gritará tu nombre queriendo decir el mío, y el de Elia queriendo decir el tuyo. Y Elia no estará ahí para calmarla, abrigarla, cortarle las uñas larguísimas, las que medimos siempre en el último rasguño. No, Elia no estará ahí para decirle que no se enoje, que nos hemos portado bien, que hacemos la tarea. Pero mamá no lo sabe, no se dará cuenta, y la llamará también. Todo el santo día. Y nadie estará ahí para limpiarle la rabia de la boca. Nadie. Cuando regresemos, Elia no nos tendrá lista la cena, ni hará los sándwiches de cajeta para el recreo de mañana. Y nosotros tendremos que darle algo de comer a mamá y bañarla y cortarle las uñas. Y al otro día se nos va a olvidar que Elia murió, que la apachurró un autobús cuando se iba a su pueblo, y la vamos a llamar muchas veces, como lo hace mamá, para que nos ayude a levantarla, a quitarle el pañal.
¡Mira qué ola más grande, Ari! Tú eras más chiquito todavía, cuando papá nos trajo; apenas caminabas, por eso no te acuerdas. Ese día me dijo que nos quería mucho, que sólo se iba por un tiempo, pero pronto volvería por nosotros para llevarnos allá, en medio del mar. A lo mejor ya vino y no nos vio. Esperémoslo aquí, seguro que viene en un barco montado en una ola. Mira, traje dos cobijas y todo el pan y el frasco de cajeta.

fuga

una vez más
doblas la ruta
el paso
cerrado del otro que se acerca

oyes
relojes hundidos en las sienes
alas

pliegas el pulso de tu palma

el olor que guarda
la casta ceniza de los dedos

lacras el cuerpo los ojos las ventanas que te miran

labio sobre labio
entierras
viva
la última palabra

y te retiras

Arte efimero

Toco el timbre. Ella aparece detrás de la puerta con una sonrisa que moja la mitad de mi rostro. Las palabras se le enredan en la lengua. Quiero ayudarla con la mía pero su gesto me frena. Cierra la puerta. La abrazo. Oigo el corazón caminando por su cuerpo. Un latido se detiene en la punta de sus labios cuando mi beso la toca. Me ofrece café. Sigo sus pasos como quien busca hundirse en sus propias huellas. La observo tomar la jarra y servir un líquido tembloroso que parece hervir con el movimiento involuntario de sus manos. Me aproximo y siento cómo su frágil cintura se arquea entre mis dedos. Su cuello dobla el aliento de mi voz, que no dice realmente nada, y se entrega aún más a mi boca. El camino de su hombro hasta la oreja es suave, delicioso. Subo por él con la prisa de un árbol que crece buscando el rayo de sol que lo sostenga. Ella cierra los ojos tal vez para grabar mi tacto en su memoria o perderse en los colores de la sombra. Me deja admirar bajo mis manos sus círculos perfectos. Siento el aire agitado respirar por sus poros. Bajo la ropa desvisto su carne y descubro que mis sueños eran ciertos. ¡Tantas noches derramadas sobre su perfil de tela! Ahora mis caricias no resbalan por los pliegues de una sábana dispuesta: su sonrisa y el manto liso de su talle las sostienen.
De la sala a la recámara sólo el pulso de un sincopado reloj acompaña nuestros pasos. No hablamos. Tal vez no hay nada que decir. Los dos sabemos que la nuestra es una sed vieja que teme saciarse en este instante.

*
Sobre la cama exhausta, la miro y no comprendo la pena de sus ojos. Ella adivina mi duda, se acerca y escurre su voz por mi garganta. Al abrazarla oigo el goteo de una lágrima incesante. Sin hablar se pone de pie, me toma de la mano y me conduce por un pasillo largo donde las corrientes de aire se cruzan con nuestros cuerpos desnudos. Al fondo hay dos puertas que ella abre al mismo tiempo. Las enormes cajas que amueblan el desorden de las habitaciones parecen caer todas sobre mi pecho. Me asfixian. Cierro los ojos y recorro de nuevo los vacíos que ya me anunciaban su partida: las dos tazas sin platos, una sola cuchara, los libreros despoblados, la mesa descubierta. Sólo su estudio, con algunas acuarelas colgadas a los muros y varios rollos de papel aferrados a una esquina, parece resistirse al abandono.
Impaciente, la interrogo buscando mil respuestas y ninguna. Por la extensión de su abrazo comprendo que la distancia y el tiempo de su viaje serán largos. Yo quisiera escuchar algún delirio, una promesa; ella lo sabe y sólo atina a decir: Lo siento.

*
La calle ondulada curva mis pisadas. Camino contándole a las piedras una historia: Había una vez un hombre oscurecido por su propia sombra que no sabía hablar más que del tiempo. Sus alumnos lo perdonaban, no sin algo de lástima, porque sabían que la historia del arte era muy larga y el curso muy breve. Los días pasaban sin perturbar su reloj hasta que dos ojos cifrados le cambiaron la rutina de la sangre endureciéndole el cuerpo con su prisa. Todos los jueves, a las seis, ahí estaban, atentos, rompiéndole el ritmo de la tarde. Pero su dueña era demasiado joven y el hombre se resignó sólo a soñarla. Pasaron seis meses, dos exámenes y muchas sonrisas antes de que pudieran intercambiar alguna palabra más de cerca: ella dijo admirarlo mucho como pintor y él se interesó en ver sus acuarelas. Ninguno de los dos fue sincero y ambos lo sabían. Ella lo citó en su casa. Al día siguiente, puntual, ingenuo, seguro de inaugurar un pulso infinito, él tocó el timbre.