Sueños

@Escuer


Ella sueña con él: casi desnudo, duerme sobre unas sábanas de seda que el sol, apenas despierto, ilumina. Sonríe como si se supiera observado. A ella le parece hermoso verlo así, rendido, escuchar el ritmo de su respiración. Y más fascinante aún ver, entrar en su sueño: ahí él la toca con esos ojos tan oscuros y tan dulces, con esos dedos tímidos. Ella, ahí, en el sueño de él dentro del sueño de ella, se atreve y lo abraza: reconoce con sus manos el cuerpo imaginado. De pronto, abre los ojos: no sabe si ha despertado o sigue soñando. A su lado, él la mira como si ya todo hubiese ocurrido entre ellos: le acerca la cara, la besa. Ella se hunde en esa boca, en el abrazo apretado de esos labios; y se vuelve jugo, y voz, y líquidas caricias.

Él despierta tranquilo, casi desnudo, las sábanas revueltas a su lado y un ligero sabor a naranja le revelan que la soñó de nuevo. Tal vez algún día se atreva a besarla. O tal vez no. Le gusta ahí, en sus sueños donde ella es perfecta. Y lo adora.

Metamorfosis

© Monserrat Loyde

A Monse, un sueño.

Abro los ojos y me sorprende ver flores y plantas enormes a mi alrededor. Respiro: sí, huele a hierba y a sol, a néctar de flor recién abierta. Sacudo la cabeza y las lagañas caen: el paisaje es glorioso. Pétalos rojos, morados y lilas salpican los dedos verdes del prado. Intento recordar dónde estoy, cómo llegué aquí. Lo único que la memoria me trae, con cierto ardor en la piel, es la pesadilla que siempre sueño, que seguro soñé anoche: mi cuerpo, devorado por una enfermedad terrible, se deforma: me crecen bolas, se me caen las piernas, los brazos, termino como una oruga gigante soltando grandes cantidades de una baba espesa. Sólo de recordarlo siento mi espalda pegajosa. Me da picazón, quiero rascarme pero no alcanzo a mover mis manos. No las siento. Los brazos me pesan como si llevaran dos telas mojadas colgando. Una mariposa amarilla, enorme, se acerca:

—Aún no terminan de secarse tus alas.

Muevo con fuerza lo que debieran ser mis brazos y las veo: blancas, delgadas, con un filo negro en la orilla y un lunar en cada lado.

—¿Estoy soñando?

La mariposa ríe y mira hacia un punto en el cielo, quizá su destino:

—Todas nosotras somos sueños. Los sueños en los que se convierten las más fieras pesadillas.

Mueve sus alas con cierto orgullo, y vuela.

La casa amarilla

©Dante Busquets, Calle Rosario, Gijón.
A Dante por la calle, a Cane por el duende.

En la casa amarilla duerme un duende. Todos lo saben en la calle Rosario, por eso pasan de puntitas frente a ella; callan como si temieran despertar a un muerto. Aún lejos, al escuchar el repentino silencio, uno puede adivinar a qué altura de la cuadra va un grupo de jóvenes que regresa del bar. Amanece. El tiempo se desgrana como reloj de arena en una torre imaginaria. El pueblo todo contiene la respiración unos segundos. ¿Despertará? Se preguntan los despiertos. Las aves retuercen sus alas y gargantas. Nadie puede callarlas. El sol apenas asoma uno de sus dedos y todos sienten alivio, los que sueñan y los que miran sus relojes. El duende sigue dormido y Rosario, la calle completa, se va poblando de pasos y rutinas. Un par de niños, los más curiosos, se quedan un rato adivinando detrás de qué ventana está el duende. Uno de ellos intenta arrojar una canica y el otro lo detiene. No quiere despertarlo. Dicen que es travieso y necio como un huérfano, que enojado destruye todo cuanto ve, que deshizo autos y puertas en un berrinche, y sólo Yamín, la niña rara de la casa amarilla, fue capaz de calmarlo, lo tomó de la mano y se lo llevó. Desde entonces vive en su casa. Ella dice que es bueno, que duerme, y se queda con él cuidando su sueño. No va al colegio ni juega en la calle. De vez en cuando se asoma con el índice cruzando sus labios si los niños se olvidan y gritan o pasan riendo. Los padres dicen que no existe, que su hija desapareció a los nueve años cuando un loco destruyó los autos y las puertas alrededor del parque donde Yamín jugaba. Todos en la calle Rosario piensan que el duende, antes de dormir, enloqueció a los pobres viejos.

El poema

La mujer termina de leer el poema y cierra el libro con el sabor de un beso viejo y agrio entre los labios. Se desnuda. El calor le ha quitado las ganas de estrenar su camisón blanco. Las sábanas frescas se le pegan a la piel, le erizan los pezones. Dormir así, y sola, es un desperdicio, piensa al apagar la lámpara. Tan pronto cierra los ojos, el poema vuelve, navega por sus oídos como un largo rezo. No sabe en qué momento cae, sueña que cae, flota en el vacío como las palabras del poema. Como el poeta que la acaricia en el sueño, que tiene todos los rostros y bocas de los hombres que ha tenido, que la han abandonado. La mujer amanece empapada, adolorida, con las sábanas enredadas como paracaídas en el cuerpo. Se levanta y así, desnuda, sin desayunar ni lavarse la cara, dentro del poema, el poeta la lleva a escribir sobre él.

Hermanas


Foto: Aurelio Asiain

Para Lucinda

Me han crecido dos hermanas en el sueño. Ellas dicen que todo se abre y cierra en la cabeza, que ahí nacen los pájaros negros y los incendios, pero también las sonrisas de dentro y las semillas de todos los universos. En las noches aparecen y me enseñan a descubrir estrellas en las pisadas y en las sombras, o a descifrar la música del agua. Tan pronto llegan, nos volvemos todas niñas y jugamos a ser viento, río, hojas rojas hasta el amanecer.
Una se llama como yo y es blanca, blanquísima, ligera como algodón de azúcar. La otra lleva en la mirada pequeños navíos que uno, si trae faros en los ojos, puede montar y recorrer con ella la paz que flota en las aguas después de una tormenta. No sé cómo aparecieron, qué aire dulce las trajo aquí dentro, pero me hacían falta. Desde que me visitan en el sueño, y soy niña, y ave, y hoja roja, amanezco contenta, liviana, sin la sombra de todas las ausencias en la piel, las que se tatúan debajo de los ojos, dentro. Tal vez, un día, ellas dejen de venir. Pero ya no me dan miedo las despedidas silenciosas. Cuando las necesite, las iré a buscar. Ahora sé que en el aire y en el sueño vivimos para siempre.

Muerta de sueño

@Daniel Molina

A Juan José Arreola, por sus 90 años no cumplidos

El sueño se me ha instalado con todo y pesadillas. No sé qué lo atrajo hacia mí, ni con qué oculto propósito decidió quedarse, invadir la clara penumbra donde dormía, tranquilo y casi nulo, mi inconsciente. Desde hace un mes, lo llevo dentro como sombra de mis huesos. En las noches me cubre de melosas fantasías: es repugnante dormir y verme entre rubios príncipes de rostros azulados que me ofrecen miel de sus lenguas y se derriten al tocarme como caramelos al fuego.
En el día, su presencia es igualmente molesta: el sueño me corta las palabras con una cadena interminable de bostezos, me nubla la vista, me hace cargar grandes ojeras y la sonrisa más estúpida. Pero es hábil, se vuelve voz en mi garganta, dice a todos los hombres que he soñado con ellos, que son la inteligencia que más me asombra, el cuerpo para mi cuerpo, la boca que necesito besar con cierta urgencia. Hay días que se disfraza de poema y enreda sus garras de azúcar en los ojos varones. Y todos caen en la trampa. Y me ven con ganas y certeza. Y yo que soy tímida, en los escasos minutos que me hallo despierta, me escondo donde nadie me ve, nadie me escucha. En la habitación donde solía disfrutar el insomnio.
No sé ya qué hacer para quitármelo de encima. Lo he intentado todo: pellizcos, baños con agua helada, litros y litros de café. Pero en esta batalla inútil, el sueño tiene poderosas armas: no sé cómo se ha unido a mi inconsciente: sabe de todos mis temores, de mis impulsos y complejos, de la perversa imaginación que me atormenta. Y ahora, dueño ya de mis actos, me ha sitiado: amenaza con volverme, en pleno día, la víctima de mi propias ganas de matarlo.