Ella sueña con él: casi desnudo, duerme sobre unas sábanas de seda que el sol, apenas despierto, ilumina. Sonríe como si se supiera observado. A ella le parece hermoso verlo así, rendido, escuchar el ritmo de su respiración. Y más fascinante aún ver, entrar en su sueño: ahí él la toca con esos ojos tan oscuros y tan dulces, con esos dedos tímidos. Ella, ahí, en el sueño de él dentro del sueño de ella, se atreve y lo abraza: reconoce con sus manos el cuerpo imaginado. De pronto, abre los ojos: no sabe si ha despertado o sigue soñando. A su lado, él la mira como si ya todo hubiese ocurrido entre ellos: le acerca la cara, la besa. Ella se hunde en esa boca, en el abrazo apretado de esos labios; y se vuelve jugo, y voz, y líquidas caricias.
Él despierta tranquilo, casi desnudo, las sábanas revueltas a su lado y un ligero sabor a naranja le revelan que la soñó de nuevo. Tal vez algún día se atreva a besarla. O tal vez no. Le gusta ahí, en sus sueños donde ella es perfecta. Y lo adora.




