Nada sabes de cosechas. Siembras en rocas, tepetate, arena de playa. Poco crece a tu alrededor. A veces, un gorrión azul canta a tu lado. Te hace creer que el viento y su voz son un abrazo, que sus brazos te acompañarán toda la vida. Pero pronto descubres que el gorrión es un pájaro transparente que vuela en tu cabeza. Sus alas saben viajar dentro de ti, batir tu pecho, romperte la costilla de Adán. Le gusta volar en esa jaula de huesos donde lo guardas todo: el eco del suspiro, la suerte de tus dados, la lluvia apretujada de una nube a punto de romper. Ahí dentro, una bomba de sangre te despierta todos los días, te salpica de gotas rosadas y rojas los cristales con los que te asomas al mundo. Y crees que tus mañanas serán siempre mañana, que el tiempo es un destino mesurable que te aguarda futuros irrompibles. Por eso sigues sembrando, aunque te equivoques de suelo, aunque sea minúscula tu semilla, aunque el mar se la chupe como grano de sal y la triture. Tú sigues buscando en la tierra caracoles, picos de estrella, voces que quiebren las estalactitas de tu oído. Y siembras. Y crece sólo el sol sobre tus hombros dorados, el aire bajo tus plantas de hierro. No importa. Tienes nuevas semillas en tu mano y has soltado al gorrión; deshaces tu jaula destrozada.










