Un gorrión azul


© Edgar Ladrón de Guevara


Nada sabes de cosechas. Siembras en rocas, tepetate, arena de playa. Poco crece a tu alrededor. A veces, un gorrión azul canta a tu lado. Te hace creer que el viento y su voz son un abrazo, que sus brazos te acompañarán toda la vida. Pero pronto descubres que el gorrión es un pájaro transparente que vuela en tu cabeza. Sus alas saben viajar dentro de ti, batir tu pecho, romperte la costilla de Adán. Le gusta volar en esa jaula de huesos donde lo guardas todo: el eco del suspiro, la suerte de tus dados, la lluvia apretujada de una nube a punto de romper. Ahí dentro, una bomba de sangre te despierta todos los días, te salpica de gotas rosadas y rojas los cristales con los que te asomas al mundo. Y crees que tus mañanas serán siempre mañana, que el tiempo es un destino mesurable que te aguarda futuros irrompibles. Por eso sigues sembrando, aunque te equivoques de suelo, aunque sea minúscula tu semilla, aunque el mar se la chupe como grano de sal y la triture. Tú sigues buscando en la tierra caracoles, picos de estrella, voces que quiebren las estalactitas de tu oído. Y siembras. Y crece sólo el sol sobre tus hombros dorados, el aire bajo tus plantas de hierro. No importa. Tienes nuevas semillas en tu mano y has soltado al gorrión; deshaces tu jaula destrozada.





Melancolía, D. F.

©Dante Busquets


Llueve tanto, tanto, y desde hace tantos días que ya nadie se seca. Todos escurren. Nacen y crecen ríos en cabezas y espaldas, los zapatos son pequeñas barcas deshechas. La gente se ha acostumbrado a navegar por las calles, a nadar bajo los puentes, a dormir en sábanas de agua. Hombres y mujeres llevan neblina en los ojos, en la carne. Se han vuelto tan hábiles como los peces, y fríos, y resbaladizos. Cuando empezó la lluvia, unos a otros se buscaban, dormían en abrazos que duraban la noche entera. Los que no tenían pareja encontraron una, y así todos tuvieron pronto con quien cobijarse. El cielo seguía exprimiendo nubes y era hermoso escucharlas en los techos, verlas diluirse en las ventanas. A las mujeres les parecía romántico; a los hombres, oportuno. Y se acostaban. Y amanecían cubriéndose unos con los otros. Pero las gotas fueron cayendo dentro, las casas y los cuerpos se llenaron de charcos, de lodo, dejaron de darse calor. En unos meses, la gente se hartó del encierro, abrió las ventanas, las puertas, salió a desafiar la lluvia. Hoy van y vienen como si nada pasara, como si las banquetas no hubiesen existido nunca, como si el sol fuera un astro que imaginaron en la infancia. Y trabajan, y comen, y duermen rodeados de agua. Sus cuerpos ya no se juntan: la carne húmeda resbala, se escurre entre los brazos. A veces juegan a ser pareja, y tocan sus labios y se persiguen, pero pronto se cansan y termina cada uno en su rincón, como todas las noches, añorando la vida que casi han olvidado.

Hasta que existas

© Dante Busquets

Se me antoja contarte algo, cualquier cosa: hablarte de la pizca de sol que atraparon mis dedos esta tarde, o de la breve lluvia que de pronto la borró; confesarte así, sin más, que la luna ha jugado a ser mi día, mi manta, tu mano en las noches vacías. Decirte, por ejemplo, que te espero, te esperaré hasta que existas, y vengas, y me mires de nuevo; hasta que sepas que soy yo esa parte del sueño que te falta, y yo sepa de tus labios que juntos hablamos todos los idiomas de los besos. Ya no hay nada aquí que me detenga, ni un sólo recuerdo del futuro. Todo está en blanco: la memoria, el cuerpo, la página que aún no te he escrito. Y te lo digo: espero tu llegada como se espera la ola precisa que nos elevará un instante; como se espera, sin saberlo, una alegría milenaria. Y te quedarás aquí, lo sé, como presagio de tormentas, brújula de paz y vientos favorables. Dentro. Como el mar que se calma entre arrecifes.

Trazos de luz, trozos de México

@ Adriana Reid

Dos miradas sobre un mismo suelo: ojos que retratan ojos, profundas raíces de la mirada. Dos lentes que persiguen el trazo de luz sobre la tierra, los rostros, las ruinas. Dos mujeres que descifran en trozos el mapa de un país sonoro, chillante, taimado, diverso. Dos maneras de abrir y sembrar preguntas en el mundo.

Marie Paine y Adriana Reid nos sientan en una banca del parque y nos invitan a mirar los perfiles de ese México que las conmueve, buscarlos en los charcos, en los muros, en las mariposas sedientas, hallar nuestro rostro diminuto en los ojos sabios y tristes de un niño. Y así nos regalan sorprendentes imágenes, piezas de un país roto que no ha dejado de sonreír: niños que juegan a ser paisaje de la calle, un tractor que al arar la tierra parece sembrar aves; un perro que se ha mimetizado con el portal y la tristeza; una mazorca que es, a un tiempo, sirena y cristo: alimento de la carne y del espíritu. La construcción surrealista de una selva y sus escaleras desnudas que anticipan la inutilidad de las pisadas que no van a ningún lado. Un hombre que parece mirar a lo lejos, con cierto orgullo y nostalgia, su propia historia. Una mujer que ríe como si no tuviera nada qué ocultar, como si el sol y todos los colores de su blusa la habitaran por dentro. Una llave que gotea como ellas mismas, las fotógrafas: no hay candado que cierre ese fluir de imágenes, ese disparar los ojos y conciencias.

Fotógrafas que no soñaron serlo. La fotografía, de pronto, las descubrió.

Dos niñas que vivieron en la misma calle sin saberlo, jugaban en la misma acera, miraban los mismos árboles; el azar y la fotografía las unió. Dos artistas con personalidades propias: una, más contemplativa, nos revela la estética de un borde, una curva, el olor de la luz, el sabor de las sombras, la música de todos los paisajes; la otra, más inquisitiva, busca las historias que surcan un rostro, unos sarapes, que flotan en el agua de ciudad. Ambas mueven y conmueven: cazan poemas con la lente.

@Marie Paine

Marie Paine y Adriana Reid
Exposición fotográfica
2 de Junio, 2010; 20:00hrs
La Pitahaya
Regina 58-F
México, DF, Centro


Mi cuerpo es una jaula

© Yamina del Real

A Yami

Una parvada vuela aquí dentro. Son aves marinas que me han crecido no sé de dónde, desde cuándo. Inquietas, vagas, ingenuas, hambrientas. Todos los días y a toda hora, pican la puerta de mi pecho. Quieren salir, volar hacia una isla soleada, un mar que les acaricie sus plumas con dedos de brisa, que las alimente, las vea ir y venir sin pudor. Antes se conformaban con inventar historias de travesías lejanas y rozar las nubes con sus ojos-águila. Pero hace meses algo intuyen, andan nerviosas, baten sus alas, atraviesan mi cuerpo de un lado a otro para que no las sorprenda demasiado entumidas la jaula abierta.


Anoche, una voz de viento les recordó que su naturaleza es el viaje; su ruta, los trazos del cielo. Y quisieron salir, volar, y picotearon las costillas, arrancaron pequeños pedazos de mi carne. Y la jaula no se abrió. Las nubes, allá arriba, siguen caminando sin tocarlas. Las aves esperan. No saben, no sospechan que la llave la guardo yo en algún lugar que he olvidado. Tengo tanto miedo. ¿Y si equivocan el rumbo? ¿Y si se estrellan en un faro sin luz? ¿Y si las cazan? Aún flotan en mis ojos los restos de las otras. Las últimas. Eran tantas las aves marinas que me volaban dentro, y tan bella la voz, tan suave la mano, que en una caricia le di la llave y las dejó salir. Y tan precisos los ojos, tan voraz la boca de pez arquero, que las fue cazando una a una hasta dejar el mar cubierto de plumas y de sangre. Y a mí, con mi jaula, vacía. 

Desde entonces la llave está enterrada en algún silencio de mi mente. Muchas manos y voces y faros han intentado encontrarla. Y han desistido muy pronto. Hoy tengo miedo. Un rumor de mar picado inunda mis oídos. No es voz sino música lo que mueve el aire. Las aves huelen a sal y llevan un ritmo de marea. La jaula toda tiembla.

El triángulo

© Dante Busquets

A Dante

Un muchacho llora frente a esa gran ventana triangular que se abre absurda en el muro del puente. Como si acariciara unos labios, toca los bordes de concreto: lisos, suaves, extrañamente húmedos. Los árboles, del otro lado, parecen silbar su nombre.

“Me descubrirás de pronto en todo lo que mires; lo que huelas, lo que toques. La memoria te traerá a mí en el sabor de una manzana, en el aroma del té de hierbas, en la ligerísima lluvia de tu frente. Y caminarás por las calles de tu ciudad como si nunca las hubieses pisado, y buscarás mis ojos en alguna ventana, mi piel en un muro de sol. Pero nada de eso será suficiente. No te quitará el insomnio, ni el ardor entre los labios, ni esos golpes repentinos en el vientre. Después de muchas noches querrás tapiar mi nombre. Lo sé. Buscarás abandonar mi olor en otro cuello. Y me olvidarás. Pero si aún después de días y calles caminadas siguen sorprendiéndote mis huellas, y de vez en cuando juegas a juntarlas, y hacer con todas una de mis manos, o uno de mis pechos, mi boca y mi lengua, entonces construiré una puerta. Y un día cualquiera, cuando menos lo esperes, encontrarás mi sexo: en un parque, en un muro: mi bosque más íntimo. Ese triángulo que tanto te enloquecía. Y querrás penetrarlo, perderte en él. Y lo harás. Y me sentirás tan cerca como tu propio aliento. Ahí no habrá relojes, ni dolor, ni muerte; sólo manzanas, y hierbas, y el calor de una tarde desnuda cubriéndote el cuerpo. Ahí estaré siempre. Ahí dejarás esta carta y mis cenizas. Ahí me quedaré.”

Como besos de sal en el fuego

© Rosa Borrás Autorretrato vivo

La historia que quiero escribir está aquí, regada en la piel, entre mis cejas, en la uña más brillante y clara de mi ojo. Se estrella en mi cráneo como una ecuación irresoluble. Se quiebra. Esconde alguna de sus piezas en la palma de mi mano, en los pellejos de mis dedos. Llevo años buscándola, escribiendo rutas equívocas en cuerpos de otros. Hoy sé que está aquí dentro, en la jaula de mis costillas, palpitando como pájaro en celo sin más alas que las suyas. Y está más abajo, en este saco que nunca ha guardado una vida, que teme secarse, morirse de sed. En este hueco donde el corazón y la carne crecen sin mesura, donde se revientan y sangran las heridas milenarias de todas las mujeres, donde entran y nacen todos los hombres.

En mis cuatro labios, como besos de sal en el fuego, crepitan fragmentos de esta historia que aún no he sabido descifrar.

Desde la orilla

A Mayán, por su renacimiento

Esperas. Hace frío y el abrazo aún no llega. Te has puesto la chalina rosa mexicano para no confundirte con las francesas. Para que él no te confunda con las francesas. Pero no hay nadie en el Sena. Solo tú y el aire helado que congela tus suspiros. Miras el reloj. Más de media hora. Decides esperar diez minutos. Sólo eso. Tal vez sus citas, el metro, su atrabancado andar por la vida. Pero sabes que tu hombre, es un hombre de salva. Aparece en un fugato y se disuelve mucho antes de la coda. Lo has sabido siempre. Y, sin embargo, hoy esperas. Imaginas que esta tarde es distinta a todas las tardes, que él llegará y se arrinconará en tus brazos, y se quedará ahí hasta que los dos duerman y se busquen de nuevo entre los sueños.

Ha pasado una hora y tú sigues imaginando. El agua se eriza con el viento, no deja de correr y tú la envidias por tener un rumbo, un ritmo inalterable. Tu corazón, en cambio, se fatiga muy pronto. Ahora mismo crees escuchar sus tropiezos en el pecho. Tus ojos quieren hundirse en el río, pescar del fondo las respuestas a todas las preguntas que se pasean por tu cráneo. Y es una sola, tremenda, la que aparece en la superficie. Sientes el frío quebrar tus huesos. Un hombre, tu hombre, baja la rampa deprisa, pasa junto a ti, te llama, te grita mirando el cuerpo que sigue el lento ritmo del Sena. Sobre ese cuerpo reconoces la chalina rosa mexicano que flota como bandera vencida junto a los restos de un naufragio. Tu hombre llora. Te ha perdido.   Y tú sonríes. Tú también te has perdido, ya no por él, por ti, has dejado a esa que él tuvo para él solo. Y lo dejas ahí, lamentándose, y recorres, como si nunca antes, las calles de París.


Metamorfosis

© Monserrat Loyde

A Monse, un sueño.

Abro los ojos y me sorprende ver flores y plantas enormes a mi alrededor. Respiro: sí, huele a hierba y a sol, a néctar de flor recién abierta. Sacudo la cabeza y las lagañas caen: el paisaje es glorioso. Pétalos rojos, morados y lilas salpican los dedos verdes del prado. Intento recordar dónde estoy, cómo llegué aquí. Lo único que la memoria me trae, con cierto ardor en la piel, es la pesadilla que siempre sueño, que seguro soñé anoche: mi cuerpo, devorado por una enfermedad terrible, se deforma: me crecen bolas, se me caen las piernas, los brazos, termino como una oruga gigante soltando grandes cantidades de una baba espesa. Sólo de recordarlo siento mi espalda pegajosa. Me da picazón, quiero rascarme pero no alcanzo a mover mis manos. No las siento. Los brazos me pesan como si llevaran dos telas mojadas colgando. Una mariposa amarilla, enorme, se acerca:

—Aún no terminan de secarse tus alas.

Muevo con fuerza lo que debieran ser mis brazos y las veo: blancas, delgadas, con un filo negro en la orilla y un lunar en cada lado.

—¿Estoy soñando?

La mariposa ríe y mira hacia un punto en el cielo, quizá su destino:

—Todas nosotras somos sueños. Los sueños en los que se convierten las más fieras pesadillas.

Mueve sus alas con cierto orgullo, y vuela.