un amor cae
aquí
sin huesos
carne viva entre pies de polvo.
su sangre corre en cobre
anilina de un corazón plasma.
cae sin nombre
sin liga
cae de nada
como un recuerdo repentino
o una pizca de sal
un abrir y cerrar rostros
en este anuario
de fantasmas casi vivos.
si ves
tocarás
si abrazas
olerás mis sueños
si besas
me sabrás
el sabor de la sed y la ternura.
y si sigues
sabrás más
y más hondo
tocarás mi mar
y el ritmo de su pulso
probarás sus peces llama
su luz profunda
me descubrirás
las sonrisas submarinas
las corrientes
vivirás la alegría
súbita y eterna
del suave movimiento de ser uno.
tantas cosas no sé decir
como si ésta no fuera mi lengua,
como si estos labios
hubieran desprendido su carne
en el último incendio de tu boca.
tantas cosas calladas,
quietas en la acera angosta de mi cuerpo
donde transitan sólo flores y deseos:
una jacaranda a punto de reventar.
tantas cosas que no sé,
no huelo, no palpo,
no oigo del cielo nublado
ni la lluvia que ha dejado de golpear.
y espero.
soy de pronto la quimera
que algún ingenuo descorcha en día de fiesta,
un largo preludio en los dedos de un niño,
la mariposa de acuarela
que un duro pincel intenta liberar.
y no sé decir de cierto:
tanto desierto abordo,
tanta prisa anclada,
como mi abrazo a la brasa
como tu carne a su entierro.
Escribe.
Cantos de ave, pequeños ruidos del día.
El cielo escucha y se abre.
Todo está dispuesto: la luz, el aire, la piel.
Pero alguien la llama al otro lado de la montaña y la distrae.
Una voz apenas conocida.
Ya deseada.
Ella hace como que no oye, pero oye. Y el sol cae de bruces en su cara: es tarde.
La voz le hace cosquillas en la oreja, se le enrosca por el cuello, baja. Huele a humedad.
Viene la tormenta, sospecha.
Y cae. En segundos. Ahí, junto a su miedo. No entiende cómo, tan de repente. Toda el agua que por años esconden los desiertos.
La voz se mezcla entre los ruidos de la lluvia golpeando los tejados, la salpica.
Desaparece.
El cielo se cierra.
Ella besa el último labio de agua que ha caído en su boca.
Una nube pasa muy cerca y le borra los ojos. No ve, no escucha. El pánico le llega por la ventana abierta. Qué frío le viene de fuera. Qué rosticería la de su carne. Y el sol hace rato que se fue sin despedirse. Nadie mira qué bonita puede ser la cara de su miedo, sus ojos nublados, las enormes alas que sostienen su cabeza. Y ella que no cesa de abrir puertas, encender luces, quitar candados, romper el hilo de todas sus historias.
Hoy cierra su ventana.
La noche madruga.
Pasan horas.
Muchas.
Una voz le acaricia su oreja y la despierta.
Al abrir los ojos, encuentra el universo adormilado. Lo escucha en dos o tres pájaros, lo descifra en un bostezo. Ahí está, para ella, en la ventana que abre, en el viento, en el sol que comienza la ruta del día sobre sus muslos. La voz se le ha metido dentro. La reconoce: es suya. Sólo de ella.
El cielo escucha y se abre.
Todo está dispuesto:
La luz, el aire, la piel.
Una hoja, un lápiz.
Escribe:
Creí que te había hallado en un poema de Huidobro. “Un faro en la neblina buscando a quien salvar”. Tus universos imaginarios parecían continuar los míos, como si una extensa línea de deseos los uniera. Pensé, ingenua, que escribías oyéndome, descifrando la laberíntica ruta de mis sentidos. Creí que adivinabas el pulso de todas mis palabras, que no tenía ya caso escribir si tú, a mil años luz, te adelantabas a esa voz que me venía como un eco rezagado y que mi torpe pluma no hallaba cómo duplicar. Pero no. Ahora que has abierto el enorme paracaídas que abultaba tu pecho, y veo hilos de pestañas y pieles de mujer, sé que no. No estamos cosidos a la misma estrella, tu música es otra y tus letras, tan cielo, tan nubes, se han ido acercando a la tierra como globos que caen. No, ya no estoy dentro de la bella jaula de tu mirada. Lo único que nos une, y a cierta distancia, es la caída.
pecado
mis labios descansan
en una pila bendita
bañan
la culpa
y el sabor de la tarde
rezan plegarias
el padre nuestro
que está en mi celo
se hincan
en los labios del cura
que los cura