Hasta que existas

© Dante Busquets

Se me antoja contarte algo, cualquier cosa: hablarte de la pizca de sol que atraparon mis dedos esta tarde, o de la breve lluvia que de pronto la borró; confesarte así, sin más, que la luna ha jugado a ser mi día, mi manta, tu mano en las noches vacías. Decirte, por ejemplo, que te espero, te esperaré hasta que existas, y vengas, y me mires de nuevo; hasta que sepas que soy yo esa parte del sueño que te falta, y yo sepa de tus labios que juntos hablamos todos los idiomas de los besos. Ya no hay nada aquí que me detenga, ni un sólo recuerdo del futuro. Todo está en blanco: la memoria, el cuerpo, la página que aún no te he escrito. Y te lo digo: espero tu llegada como se espera la ola precisa que nos elevará un instante; como se espera, sin saberlo, una alegría milenaria. Y te quedarás aquí, lo sé, como presagio de tormentas, brújula de paz y vientos favorables. Dentro. Como el mar que se calma entre arrecifes.

Amor en red

un amor cae
aquí
sin huesos
carne viva entre pies de polvo.
su sangre corre en cobre
anilina de un corazón plasma.

cae sin nombre
sin liga
cae de nada
como un recuerdo repentino
o una pizca de sal
un abrir y cerrar rostros
en este anuario
de fantasmas casi vivos.

Ley de ingravidez

si ves

tocarás

si abrazas

olerás mis sueños

si besas

me sabrás

el sabor de la sed y la ternura.

y si sigues

sabrás más

y más hondo

tocarás mi mar

y el ritmo de su pulso

probarás sus peces llama

su luz profunda

me descubrirás

las sonrisas submarinas

las corrientes

vivirás la alegría

súbita y eterna

del suave movimiento de ser uno.

Decir de cierto

@Rosa Borrás

tantas cosas no sé decir

como si ésta no fuera mi lengua,

como si estos labios

hubieran desprendido su carne

en el último incendio de tu boca.

tantas cosas calladas,

quietas en la acera angosta de mi cuerpo

donde transitan sólo flores y deseos:

una jacaranda a punto de reventar.

tantas cosas que no sé,

no huelo, no palpo,

no oigo del cielo nublado

ni la lluvia que ha dejado de golpear.

y espero.

soy de pronto la quimera

que algún ingenuo descorcha en día de fiesta,

un largo preludio en los dedos de un niño,

la mariposa de acuarela

que un duro pincel intenta liberar.

y no sé decir de cierto:

tanto desierto abordo,

tanta prisa anclada,

como mi abrazo a la brasa

como tu carne a su entierro.

Ciclo vital

Escribe.

Cantos de ave, pequeños ruidos del día.

El cielo escucha y se abre.

Todo está dispuesto: la luz, el aire, la piel.

Pero alguien la llama al otro lado de la montaña y la distrae.

Una voz apenas conocida.

Ya deseada.

Ella hace como que no oye, pero oye. Y el sol cae de bruces en su cara: es tarde.

La voz le hace cosquillas en la oreja, se le enrosca por el cuello, baja. Huele a humedad.

Viene la tormenta, sospecha.

Y cae. En segundos. Ahí, junto a su miedo. No entiende cómo, tan de repente. Toda el agua que por años esconden los desiertos.

La voz se mezcla entre los ruidos de la lluvia golpeando los tejados, la salpica.

Desaparece.

El cielo se cierra.

Ella besa el último labio de agua que ha caído en su boca.

Una nube pasa muy cerca y le borra los ojos. No ve, no escucha. El pánico le llega por la ventana abierta. Qué frío le viene de fuera. Qué rosticería la de su carne. Y el sol hace rato que se fue sin despedirse. Nadie mira qué bonita puede ser la cara de su miedo, sus ojos nublados, las enormes alas que sostienen su cabeza. Y ella que no cesa de abrir puertas, encender luces, quitar candados, romper el hilo de todas sus historias.

Hoy cierra su ventana.

La noche madruga.

Pasan horas.

Muchas.

Una voz le acaricia su oreja y la despierta.

Al abrir los ojos, encuentra el universo adormilado. Lo escucha en dos o tres pájaros, lo descifra en un bostezo. Ahí está, para ella, en la ventana que abre, en el viento, en el sol que comienza la ruta del día sobre sus muslos. La voz se le ha metido dentro. La reconoce: es suya. Sólo de ella.

El cielo escucha y se abre.

Todo está dispuesto:

La luz, el aire, la piel.

Una hoja, un lápiz.

Escribe:

Murmullos de Juan Rulfo


Foto: Rogelio Cuéllar

A mi padre, admirador de Rulfo, en el cumpleaños de ambos.

Dicen que no nació donde nació, que a él le gustaba esconderse en sus historias. Sí, dicen que Juan Rulfo era una aparición de Juan Rulfo, por eso se inventaba biografías. Otros aseguran que no, que era una ánima en las calles de Comala que le dio por escribir el aliento de los muertos. Y de los vivos que aún no saben que están muertos. Y de todos los ruidos del dolor y de las ganas en el tallar de los cuerpos. Dicen que miraba mucho el cielo y que ahí encontraba las figuras de sus difuntos, que se quedaba horas sentado en una piedra escuchando los chillidos del aire entre las rocas. Dicen que era callado, que sólo entre silencios y murmullos se movía, pero otros dicen que no es cierto, que colgaba frases lapidarias por todas partes, como quien sabe de los rumores de las sombras y los reparte entre la gente.
Dicen que escribía con la tierra entre los dedos, arañando los huesos enterrados, siguiendo las huellas del sol sobre los muros. Lo cierto es que sus historias nos abren el tacto de la mirada, la vista del oído, nos meten el paisaje seco entre los huesos, nos arrastran por la tierra, nos muestran, así como si nada, en una puerta, en el filo de una arruga, el perverso rencor del tiempo.
Hay quienes dicen que Rulfo era de esos escritores que ni en sueños uno puede seguirles el rastro, que su voz se nos queda pegada, pera nadie es capaz de pronunciarla.
Algunos aseguran que Pedro Páramo le quebró los dedos, que el sol de Comala le quemó las letras. Pero la verdad es que él seguía escribiendo, hablando con sus fantasmas, viviendo con los ojos y el tacto y la garganta a la altura de su cielo. Y retrataba los chorros de luz sobre una piedra, los tejidos de un tronco, la sonoridad de una tumba. Dicen que le gustaba mirar de cerquita la edad de los muros, la piel delgada de una hoja, la rugosa superficie de un gesto. Hay quienes aseguran que murió hace casi veinte años, pero algunos juran que a Rulfo se le ve en ese andar a tientas por el aire, en nuestro esquivo caminar por la penumbra entre alegres calacas de azúcar y amaranto. Porque los muertos regresan para decirnos que aquí no pasa nada, que aquí no vive nadie, que todos somos espectros, apariciones de un tal Juan Rulfo.

El poema

La mujer termina de leer el poema y cierra el libro con el sabor de un beso viejo y agrio entre los labios. Se desnuda. El calor le ha quitado las ganas de estrenar su camisón blanco. Las sábanas frescas se le pegan a la piel, le erizan los pezones. Dormir así, y sola, es un desperdicio, piensa al apagar la lámpara. Tan pronto cierra los ojos, el poema vuelve, navega por sus oídos como un largo rezo. No sabe en qué momento cae, sueña que cae, flota en el vacío como las palabras del poema. Como el poeta que la acaricia en el sueño, que tiene todos los rostros y bocas de los hombres que ha tenido, que la han abandonado. La mujer amanece empapada, adolorida, con las sábanas enredadas como paracaídas en el cuerpo. Se levanta y así, desnuda, sin desayunar ni lavarse la cara, dentro del poema, el poeta la lleva a escribir sobre él.

Un viaje en paracaídas

Creí que te había hallado en un poema de Huidobro. “Un faro en la neblina buscando a quien salvar”. Tus universos imaginarios parecían continuar los míos, como si una extensa línea de deseos los uniera. Pensé, ingenua, que escribías oyéndome, descifrando la laberíntica ruta de mis sentidos. Creí que adivinabas el pulso de todas mis palabras, que no tenía ya caso escribir si tú, a mil años luz, te adelantabas a esa voz que me venía como un eco rezagado y que mi torpe pluma no hallaba cómo duplicar. Pero no. Ahora que has abierto el enorme paracaídas que abultaba tu pecho, y veo hilos de pestañas y pieles de mujer, sé que no. No estamos cosidos a la misma estrella, tu música es otra y tus letras, tan cielo, tan nubes, se han ido acercando a la tierra como globos que caen. No, ya no estoy dentro de la bella jaula de tu mirada. Lo único que nos une, y a cierta distancia, es la caída.

Rojo


Foto: Monserrat Loyde

Para Monse y Aurelio
Se fue el Otoño. Una lámina de cielo le ilumina los ojos. Ella mira el árbol, su árbol. Con el viento las hojas se desprendieron. Resuenan como un poema sobre la hierba: cuántas hojas camino a la ceniza. Como el dolor, como los labios secos, han llegado al fondo del tiempo. Los montes están solos. Ella ya no. Un hombre le ha regalado una linda sombrilla, y todo el rojo de un rubor repentino, de un beso breve, largamente deseado.


Foto: Aurelio Asiain