Cuando era chiquita, gordita y Sánchez
Cuando era chiquita, gordita y Sánchez
Nada sabes de cosechas. Siembras en rocas, tepetate, arena de playa. Poco crece a tu alrededor. A veces, un gorrión azul canta a tu lado. Te hace creer que el viento y su voz son un abrazo, que sus brazos te acompañarán toda la vida. Pero pronto descubres que el gorrión es un pájaro transparente que vuela en tu cabeza. Sus alas saben viajar dentro de ti, batir tu pecho, romperte la costilla de Adán. Le gusta volar en esa jaula de huesos donde lo guardas todo: el eco del suspiro, la suerte de tus dados, la lluvia apretujada de una nube a punto de romper. Ahí dentro, una bomba de sangre te despierta todos los días, te salpica de gotas rosadas y rojas los cristales con los que te asomas al mundo. Y crees que tus mañanas serán siempre mañana, que el tiempo es un destino mesurable que te aguarda futuros irrompibles. Por eso sigues sembrando, aunque te equivoques de suelo, aunque sea minúscula tu semilla, aunque el mar se la chupe como grano de sal y la triture. Tú sigues buscando en la tierra caracoles, picos de estrella, voces que quiebren las estalactitas de tu oído. Y siembras. Y crece sólo el sol sobre tus hombros dorados, el aire bajo tus plantas de hierro. No importa. Tienes nuevas semillas en tu mano y has soltado al gorrión; deshaces tu jaula destrozada.
Mónica cumplió años. Muchos. Y no sabe bien a bien qué hacer con ellos. Los ve como una hilera de migajas que se secan en su mesa. Canicas que ruedan, chocan y caen en el hoyo que lleva su nombre. Los años. Cumplidos. Como halagos. Y fracasos que arrasan. Sueños y circos. Círculos concéntricos en el tronco del cuerpo. Años luz que apagan la tersura, veloces, fulminantes. Crecen. Por dentro y por fuera. Y Mónica lamenta que no se puedan cortar, como las uñas. Ni lavar, como los dientes. Se mira en el espejo y ahí están. No hay cirugías, ni cremas, ni genes que los escondan. Todos, ni más ni menos, enteritos. Los años. Sus años. Ahora que los mira bien, algo de ellos, en ella, le gusta. Tal vez lo que descubre entre líneas, esas de expresión tan marcadas: sonrisas, dudas, obsesiones, la palabra que sigue buscando, los restos de todos sus amores. El mapa perfecto de un rostro sin brújula. Y se ríe. Los ojos se le hacen rayita, sus cinco dedos de frente se vuelven tres, y todos los hoyos se le esconden. No hay nada qué hacer. A Mónica le gusta esa Mónica con todas sus canicas.
La historia que quiero escribir está aquí, regada en la piel, entre mis cejas, en la uña más brillante y clara de mi ojo. Se estrella en mi cráneo como una ecuación irresoluble. Se quiebra. Esconde alguna de sus piezas en la palma de mi mano, en los pellejos de mis dedos. Llevo años buscándola, escribiendo rutas equívocas en cuerpos de otros. Hoy sé que está aquí dentro, en la jaula de mis costillas, palpitando como pájaro en celo sin más alas que las suyas. Y está más abajo, en este saco que nunca ha guardado una vida, que teme secarse, morirse de sed. En este hueco donde el corazón y la carne crecen sin mesura, donde se revientan y sangran las heridas milenarias de todas las mujeres, donde entran y nacen todos los hombres.
En mis cuatro labios, como besos de sal en el fuego, crepitan fragmentos de esta historia que aún no he sabido descifrar.
Pero ahí, quietecitas, como mariposas monarca durmiendo sobre troncos, están las palabras vivas. No hacen ruido. Su huella es la estela de colores que deja en tus ojos cuando vuelan. Palpitan en labios y lenguas. No temen a la muerte porque han nacido de su propia tumba.
Por ellas, sólo ellas, vale la pena tanto bosque.

Construcciones sobre el ojo No.5 Edgar Ladrón de Guevara
En este pequeño cráter cabe el orbe entero. Algo en sus bordes da vértigo, perturba. Parece un hoyo negro en medio de la carne. Un grito mudo. Tal vez es la boca del ojo, la fuente de todas sus tristezas. O quizá el sexo abierto de un cuerpo que espera. Es todo lo que podemos ver, lo que imaginamos, lo que nunca habíamos visto.
Tomar una fotografía es resaltar un instante o un detalle que para otros ha pasado de largo, ese doblez en la vieja cortina de un teatro, o los pliegues de la sombra cayendo como lluvia sobre un muro rugoso. Pero lo cierto es que en la fotografía, aunque nos muestra un trozo de realidad, hay siempre invención: el fotógrafo descubre y en su encuadre compone. Vemos lo que él nos muestra, lo que su ojo busca y, al encontrar, construye. El encuentro con el instante, con el detalle, nunca es totalmente fortuito; y Edgar Ladrón de Guevara lo sabe de sobra, por eso no sale a las calles a cazar arrugas en el asfalto ni a buscar atardeceres en los rostros del metro. No, Edgar nos muestra que cada ojo crea sus propios universos, que no hay azar ni fortuna en la mirada, sólo, tal vez, como decía Stravinsky, el “presagio de un descubrimiento”. No le interesan retratos ni líneas que sean límites: los ojos que construye no tienen contornos, se expanden o compactan, se pulverizan como tierra en la ventisca.
Construcciones sobre el ojo No.1 Edgar Ladrón de Guevara
2
A punto del beso, o quizá del sueño, un pensamiento dulce cierra el ojo. No se ve mucho más, sólo el trazo de pestañas muy juntas y el montículo que guarda la esfera ocular con su cámara minúscula. La piel terrosa del párpado es la manta de ese ojo, casi dormido que, sospechamos, algo mira por dentro. Y nosotros no podemos dejar de observarlo. Algo en él nos seduce. Tal vez lo que nos oculta: su transparencia, el color y la opacidad de sus deseos. Este ojo tiene esa belleza peculiar de los momentos amorosos, ese misterio que crece en toda entrega. No sabemos cómo, al verlo, sentimos su respiración, el ritmo suave de sus afectos. Y esa es una de las mayores cualidades de Ladrón de Guevara: en cada una de sus piezas podemos percibir el ritmo de un instante, descifrarlo como frase de un poema sinfónico. Porque él no piensa en imágenes aisladas, crea lienzos completos engarzando piezas que narran distintos latidos de la vida. Estos ojos, sembrados en línea, son eso, un poema sinfónico, parece que inspirado en una pesadilla. Dice que una noche soñó extrañas figuras que lo acechaban, no podía distinguir sus elementos pero sabía que eran ojos. Así nació la idea de formar esta instalación de pestañas, lacrimales, párpados. Fotografías antifotográficas, unas veces explícitas, otras, tan abstractas que apenas si reconocemos en ellas algo humano. Ojos a detalle que Ladrón de Guevara fue construyendo, tratando con diferentes colores buscando en cada uno su tono vital, su textura anímica. A veces es obvio lo que mira, lo que nos mira, otras nos extiende indescifrables mapas de sombras, agujeros negros donde caer.
(Artículo publicado en Este País, junio, 2009)
Mónica no quiere salir. Se mira las uñas como si en su irregularidad encontrara las respuestas del universo. Y sí, encuentra una: la feminidad nunca le llegó hasta ahí: odia el barniz y las limas y las tijeras especiales para cortar la cutícula. No sabe por qué (esa respuesta no la ha encontrado aún) pero siempre ha asociado el esmalte en las uñas con la proclividad al desliz, las diminutas faldas de leopardo y los escotes prominentes. Nada que ver con el atuendo de todas sus amigas que se hacen manicure cada semana, y cambian de color según la temporada, el evento o la pareja. Pero lo que más le molesta es el tamaño. De las uñas, por supuesto. Mónica no soporta que le crezcan. Una, dos o tres veces por semana, según el nivel de neurosis, el corta uñas cumple puntualmente su función. Ella nunca se las come, pero sí se arranca los pellejos. A veces se le hinchan los dedos, le sangran. Entonces sabe que es hora de ver a Tin Tan o de ponerse a bailar como Vitola.
Mónica escribe todo esto y se ríe. Qué tonterías se le ocurren con tal de no decir nada. Nada importante: lo que siente por aquella sonrisa, lo que piensa del silencio o de las tardes inútiles, de la escritura y sus aburridas historias. No, Mónica no quiere salir. Hoy prefiere verse las uñas, sacar la mugre de un lugar preciso, cortar y concentrarse, al fin, en no hacer ni decir absolutamente nada.