Un gorrión azul


© Edgar Ladrón de Guevara


Nada sabes de cosechas. Siembras en rocas, tepetate, arena de playa. Poco crece a tu alrededor. A veces, un gorrión azul canta a tu lado. Te hace creer que el viento y su voz son un abrazo, que sus brazos te acompañarán toda la vida. Pero pronto descubres que el gorrión es un pájaro transparente que vuela en tu cabeza. Sus alas saben viajar dentro de ti, batir tu pecho, romperte la costilla de Adán. Le gusta volar en esa jaula de huesos donde lo guardas todo: el eco del suspiro, la suerte de tus dados, la lluvia apretujada de una nube a punto de romper. Ahí dentro, una bomba de sangre te despierta todos los días, te salpica de gotas rosadas y rojas los cristales con los que te asomas al mundo. Y crees que tus mañanas serán siempre mañana, que el tiempo es un destino mesurable que te aguarda futuros irrompibles. Por eso sigues sembrando, aunque te equivoques de suelo, aunque sea minúscula tu semilla, aunque el mar se la chupe como grano de sal y la triture. Tú sigues buscando en la tierra caracoles, picos de estrella, voces que quiebren las estalactitas de tu oído. Y siembras. Y crece sólo el sol sobre tus hombros dorados, el aire bajo tus plantas de hierro. No importa. Tienes nuevas semillas en tu mano y has soltado al gorrión; deshaces tu jaula destrozada.





Años


Mónica cumplió años. Muchos. Y no sabe bien a bien qué hacer con ellos. Los ve como una hilera de migajas que se secan en su mesa. Canicas que ruedan, chocan y caen en el hoyo que lleva su nombre. Los años. Cumplidos. Como halagos. Y fracasos que arrasan. Sueños y circos. Círculos concéntricos en el tronco del cuerpo. Años luz que apagan la tersura, veloces, fulminantes. Crecen. Por dentro y por fuera. Y Mónica lamenta que no se puedan cortar, como las uñas. Ni lavar, como los dientes. Se mira en el espejo y ahí están. No hay cirugías, ni cremas, ni genes que los escondan. Todos, ni más ni menos, enteritos. Los años. Sus años. Ahora que los mira bien, algo de ellos, en ella, le gusta. Tal vez lo que descubre entre líneas, esas de expresión tan marcadas: sonrisas, dudas, obsesiones, la palabra que sigue buscando, los restos de todos sus amores. El mapa perfecto de un rostro sin brújula. Y se ríe. Los ojos se le hacen rayita, sus cinco dedos de frente se vuelven tres, y todos los hoyos se le esconden. No hay nada qué hacer. A Mónica le gusta esa Mónica con todas sus canicas.

Uñas

Mónica no quiere salir. Se mira las uñas como si en su irregularidad encontrara las respuestas del universo. Y sí, encuentra una: la feminidad nunca le llegó hasta ahí: odia el barniz y las limas y las tijeras especiales para cortar la cutícula. No sabe por qué (esa respuesta no la ha encontrado aún) pero siempre ha asociado el esmalte en las uñas con la proclividad al desliz, las diminutas faldas de leopardo y los escotes prominentes. Nada que ver con el atuendo de todas sus amigas que se hacen manicure cada semana, y cambian de color según la temporada, el evento o la pareja. Pero lo que más le molesta es el tamaño. De las uñas, por supuesto. Mónica no soporta que le crezcan. Una, dos o tres veces por semana, según el nivel de neurosis, el corta uñas cumple puntualmente su función. Ella nunca se las come, pero sí se arranca los pellejos. A veces se le hinchan los dedos, le sangran. Entonces sabe que es hora de ver a Tin Tan o de ponerse a bailar como Vitola.

Mónica escribe todo esto y se ríe. Qué tonterías se le ocurren con tal de no decir nada. Nada importante: lo que siente por aquella sonrisa, lo que piensa del silencio o de las tardes inútiles, de la escritura y sus aburridas historias. No, Mónica no quiere salir. Hoy prefiere verse las uñas, sacar la mugre de un lugar preciso, cortar y concentrarse, al fin, en no hacer ni decir absolutamente nada.