Cuando era chiquita, gordita y Sánchez
Cuando era chiquita, gordita y Sánchez
Mónica no quiere salir. Se mira las uñas como si en su irregularidad encontrara las respuestas del universo. Y sí, encuentra una: la feminidad nunca le llegó hasta ahí: odia el barniz y las limas y las tijeras especiales para cortar la cutícula. No sabe por qué (esa respuesta no la ha encontrado aún) pero siempre ha asociado el esmalte en las uñas con la proclividad al desliz, las diminutas faldas de leopardo y los escotes prominentes. Nada que ver con el atuendo de todas sus amigas que se hacen manicure cada semana, y cambian de color según la temporada, el evento o la pareja. Pero lo que más le molesta es el tamaño. De las uñas, por supuesto. Mónica no soporta que le crezcan. Una, dos o tres veces por semana, según el nivel de neurosis, el corta uñas cumple puntualmente su función. Ella nunca se las come, pero sí se arranca los pellejos. A veces se le hinchan los dedos, le sangran. Entonces sabe que es hora de ver a Tin Tan o de ponerse a bailar como Vitola.
Mónica escribe todo esto y se ríe. Qué tonterías se le ocurren con tal de no decir nada. Nada importante: lo que siente por aquella sonrisa, lo que piensa del silencio o de las tardes inútiles, de la escritura y sus aburridas historias. No, Mónica no quiere salir. Hoy prefiere verse las uñas, sacar la mugre de un lugar preciso, cortar y concentrarse, al fin, en no hacer ni decir absolutamente nada.

Foto: Jorge Hernández Tinajero
—Mientes.
Lo dice así, sin más preámbulos.
—¿A qué te refieres?, le pregunto con verdadera curiosidad.
—Tú sabes muy bien a qué me refiero.
—Pues no, no lo sé.
—¿Ves cómo mientes? Lo haces todo el tiempo.
Dejo de prestarle atención y continuo escribiendo.
—Ahora mismo escribes mentiras.
—Por supuesto, es un cuento de ficción.
—¿Y tú realmente lo crees?
Ya me empieza a exasperar.
—Dime lo que tengas que decir, o lárgate de una vez.
—Es muy simple. Hace poco afirmaste que nada de lo que escribes tiene que ver con tu vida.
—Y así es.
Su risa chillante me obliga a dejar el tecleado.
—Dices que no tiene que ver con tu vida y, sin embargo, en tu novela está el árido paisaje que durante tres años te enloqueció, los pasillos de la universidad, hasta la secretaria del departamento de lenguas.
—Sí, y también los ruidos de mi vecino, el hindú. Pero ninguno de los personajes principales es real, ninguna de las cosas que les sucede tiene que ver ni conmigo ni con nadie que conozco. Es más, las dos mujeres me parecen totalmente opuestas a mí.
—Pero a una, la más joven, la pusiste a nadar, a escribir, a mirar como mirabas tú los atardeceres.
—¿Y eso qué?
—¿Nunca se te ocurrió pensar que la gente la encontraría igualita a ti?
—¡Pero si pensamos y somos completamente distintas!
—Mientes. Lo dices en tus clases: toda ficción tiene algo de biografía. Aunque no lo quieras, el acto de escribir es un desnudarse.
—¡Por favor! No me vengas con esa perogrullada. Tú sabes perfectamente que siempre se me ocurren historias demasiado torcidas y perversas para mi vida tan simple.
—Ahora mismo te estás desnudando.
—¿Y te gusta lo que ves?
—A mí ni me va ni me viene. El asunto es si a ti no te importa que la gente te vea.
—¡Pero si no me ven! Y lo que escribo es puro invento. Salpicado de detalles, sí, muchas sensaciones, y algunos paisajes. Eso es todo. Y si alguien afirmara “Mónica escribe sobre sí misma”, no significaría mayor cosa. En el medio literario Mónica no existe.
—Pues mientes igual. Es lo que todos hacen. Todos los escritores, quiero decir. Y tú no eres la excepción. Prueba de ello, soy yo. Por más que lo niegues, escribes sobre ti.
—A través de mí, que es distinto. Lo que tú no sabes es que las historias me las cuentan un par de hombrecitos que me robé del refri del Bernal. Esos que le dictan a él sus cuentos terribles. Me los traje a escondidas, dentro de un bote lleno de gelatina que me regaló Doris, su esposa. Lo malo es que a mí no me creen su diosa y no me cantan. Tampoco me dictan esos maravillosos y escalofriantes poemas.
—¿Qué clase de estupidez es esa?
—Tú misma sales de sus bocas. Todas tus palabras me las dicta uno de ellos, y ahora quiere que te calle, que ponga punto final a este diálogo absurdo y me enseña un espejo. Es un pequeño espejo de feria. En él veo cómo mi cara se ondula, todo mi cuerpo se hace chiquito, soy una niña. Escribo: “Mi cara se ondula…” . Y el otro hombrecito crece, retrata a la niña a través del espejo. Y la niña se ríe y me dice
—Mientes.
(Para los que no crean que los hombrecitos del Bernal existen vayan aquí.)

De acuerdo con las estadísticas, (que según dicen los expertos y los incautos, no mienten), las visitas al blog han bajado esta semana en relación a las pasadas. No puede ser el temor a que se escape el loco y los contagie, tampoco el odio al enfermero porque los visitantes sólo llegan hasta mi perfil. Me pregunto, ¿será por mi foto?
Alguien me preguntó, ¿por qué los porqués? Quiero pensar que somos muchos quienes nacemos con un signo de duda entre las cejas. Y crecemos y miramos con él, por él, a través de él, y se nos hace arruga, y no hay botox que pare el torrente de preguntas. No importa las respuestas que obtengamos, se reproducen como conejos: una provoca otra, y otra, y la respuesta, diez preguntas más. Todo comienza como un acto natural de curiosidad y aprendizaje, luego se vuelve un hábito, más tarde un vicio y puede terminar, como en mi caso, en obsesiva compulsión. Sí, me pregunto continuamente cosas inútiles, cosas que bien podría vivir sin saber su respuesta, pero que, por razones inexplicbles, NECESITO saber, como si de ello dependiera mi supervivencia. Y así salto de libro en libro, de blog en blog, de you tube a cualquer cantiad de basura en línea. TODO me interesa. Por supuesto puedo decir, sin mucho orgullo, que tanto querer comprender las tripas del mundo, tanta lectura cesuda me ha llevado a ser aprendiz de todo y una eficiente maestra de nada. Lo peor es que ni siquiera puedo presumir mis chequidatos en reuniones sociales: tengo una pésima memoria, se me olvidan títulos, autores, nombres de teorías, aunque recuerde muy bien sus contenidos, su vida entera, sus puntos esenciales. Entonces ¿qué sentido tiene tanta pregunta, tanta búsqueda, tanta información inútil? Un amigo escritor me dio la más literaria (y mamona) respuesta: para escribir. Quizá tenga razón. Después de todo, aquí estoy, preguntándome el porqué de los porqués, escribiendo estos debrayes sin sentido.
Aunque este blog no es un blog, algo debe tener de bitácora. Por eso inauguro una nueva sección: Los porqués.
Si he de resumir en dos palabras el móvil que me ha conducido a este callejón de la escritura serían, justamente, “por qué”. Así, separadas y con acento. En el medio, el ceño fruncido que llevo como marca indeleble de la duda constante. Esta sección nace, así, de mi obsesivo (imposible y esquizofrénico) afán de preguntarlo todo, querer saberlo todo. Principalmente sobre mí. (No es que sea nada especial, sólo que aquí, en este cuerpo kilométrico y con esta mente chorreada, me tocó vivir).
Pero no se asusten, no serán debrayes profundos ni choros místicos, ni filosóficos. No daré lecciones de vida, ni los abrumaré con mis encarnadas opiniones políticas. Más bien estas entradas serán un intento de responder algunas preguntas que me han hecho o están a punto de hacerme la horda secreta de mis seis lectores. Preguntas como ¿por qué no soy Mónica Sánchez? o ¿por qué se me da lo hiperbólico hasta en las orejas? o bien ¿por qué no se encuentran mis libros ni en el librero de mi casa? Aquí, pues, encontrarán algunas respuestas a estos cuestionamientos trascendentales que, estoy segura, a muchos les han quitado más de medio minuto de sueño. Queda, también, abierta la puerta para lo que siempre han querido y no se han atrevido a preguntar.
Podría dar un sin fin de respuestas eruditas y sé que muchos de ustedes dirían, lo sentimos, digas lo que digas, éste es un blog. Porque blog puede ser casi cualquier cosa. Pero si nos atenemos a la Real Academia Wikipedia, un blog es, básicamente, un diario: “El término blog proviene de las palabras web y log (‘log’ en inglés = diario). El término bitácora, en referencia a los antiguos cuadernos de bitácora de los barcos, se utiliza preferentemente cuando el autor escribe sobre su vida propia como si fuese un diario, pero publicado en Internet”.
Y yo ODIO los diarios. No sé por qué, la verdad. Desde chiquita. Prefiero las historias falsas, la mentira y la verdad campechaneadas. Y como en toda autobiografía hay mucho de ficción y toda ficción está salpicada (o plagada) de biografía, éste espacio de historias fugaces y búsquedas ficticias está y estará, irremediablemente, repleto de yoyismos.
¿Por qué se me da lo erótico?
Pensar, leer, escribir desde la carne que nos forma (o deforma, según se vea), no sólo es deseo, ideal creativo, fin vital, es la ineludible condición humana de observar y vivir el mundo con el aliento del cuerpo y su singular mirada.
Bajo esta premisa, me anecio: insisto en navegar al filo del abismo, sobre aguas revueltas que todos rehuyen. Busco ese lenguaje que Barthes imaginaba “tapizado de piel”, ese que envuelve, roza, seduce los ojos de un lector absorto. Bailo, camino, nado, derribo con las piernas el aire no sólo por ejercicio, disciplina corporal. Lo hago más por el goce de sentir mi cuerpo vivo, acariciado por mil lenguas de agua, por el gusto de desafiar sus propias dimensiones, violentar el corazón que fácilmente se me arrulla. Lo hago, como hago este escrito, como derramo palabras, heridas, sustancia, como descifro la música, las estructuras, las fórmulas, los textos ininteligibles, como escucho el adagio de Barber o me siento en el balcón para ser tocada por el sol de la tarde: por el placer de hacer lo que me da alegrías momentáneas, lo que me lleva a esas frecuencias altas de las que hablaba Nieztzche y que creemos nos hacen mejores seres, donde nos movemos con gusto y mayor libertad, donde crecemos, sentimos que vamos hacia algún punto, ese lugar que está más allá del hedonismo, que Paz llama nuestra ración de paraíso.
una arruga me crece
como río
entre el vientre y la mirada
abre la boca
escupe los años
heridas debajo del ojo
mira al espejo
la arruga del espejo se agranda se ablanda
abarca toda la superficie lisa
y mojada del vidrio
se multiplica y ríe
me llama desde el labio
promete mariposas
alas
mordidas de pastel
la marca eterna de una risa despejada