Viaje

© Pedro Meyer


Para Nadia y Pedro.


Viene en el autobús, mirando la calle. Cabello largo, barba tupida, playera blanca. Un morral de cuero parece anclarlo al mundo. Nadie lo observa; cada uno de los pasajeros lleva su propia misa, una historia que resolver dentro. Como en un rosario maltrecho, el autobús avanza ronco sobre la averiada avenida haciendo las paradas correspondientes. La gente baja y sube sin saber. Empujan al hombre de la barba, le sonríen, lo pisan. Una mano entra al morral y sale como éste: vacía. Él se da cuenta y no dice nada. Una cumbia escandalosa y cachonda intenta acallar los silencios de todos, mientras los cuerpos se balancean al ritmo de los baches y las curvas.

En una esquina, el autobús se detiene como si necesitara tomar aliento. Él respira hondo. Y ahí, sobre la acera, un hombre detrás de una cámara lo descubre. Se miran. La cumbia termina. Un breve silencio. El fotógrafo, sin titubear, dispara. El autobús se lleva la leve sonrisa del retratado.
Al llegar a su casa y mirar la imagen recién tomada, el fotógrafo descubre el rostro de su novia reflejado en el cristal, perfecto, claramente delineado como si ella hubiese estado ahí, con él, entre los transeúntes. Sonríe con la emoción de quien ha recibido un guiño de Dios: sabe que ha retratado a Jesús.

Mi hermana

Mi hermana cumple años. Inicia una nueva década con su sonrisa de niña y la mirada atenta, traviesa, con esa inquietud por descifrar el mundo que la ha llevado tan lejos. Y se peina de colitas y corre, como lo hacía en el patio de la escuela cuando perseguía niñas pretensiosas que no entendían su gusto por los juegos de los niños, las pelotas. Nadie sabrá que a nuestros muñecos no los arrullábamos, no les cambiábamos el pañal ni paseábamos en carreolitas. Los poníamos a jugar americano, a pelearse hasta perder brazos y piernas, a protagonizar intrincadas historias que no eran ningún “mundo de juguete”. Nadie sabrá por qué reíamos tanto, de qué platicábamos cuando todos dormían. Pero yo era la hermana mayor y cada una cumplió cabalmente su papel: yo la regañaba, le ordenaba; ella desobedecía, usaba mis cosas a escondidas, las rompía. Peleábamos. Yo la despertaba, la vestía, le daba de desayunar, la llevaba a la escuela. Pero ella sabía que, aunque más alta y más grande, yo también era una niña, y se rebelaba. Dos hermanas que jugaron a ser grandes desde muy chicas, cómplices, confidentes, consejeras. Y la vi crecer, tocar la batería, la gaita, ganarse una beca en la universidad, aprender inglés escuchando progresivo, hacer caligrafía, casarse, levantar un negocio. Ser ese ser extraordinario que adoro y admiro. Y como madre en festival de diez de mayo, se me aguan los ojos cada que llega a una meta, que sonríe, que abraza a la vida en los actos más simples. Mi hermanita. Felicidades.

1985

El muro, celoso, la veía todas las tardes a la hora en que el sol resbalaba su tacto sobre la pared. Ella, de un rosa coqueto, descarapelaba su encanto y le enviaba polvos de su piel. Sus miradas se cruzaron desde el primer ladrillo. Pero no fue sino veinte años después, un diecinueve de septiembre, cuando sus sexos por fin se encontraron: el muro cayó sobre ella y entró, para siempre, en su grieta más profunda.

Un gorrión azul


© Edgar Ladrón de Guevara


Nada sabes de cosechas. Siembras en rocas, tepetate, arena de playa. Poco crece a tu alrededor. A veces, un gorrión azul canta a tu lado. Te hace creer que el viento y su voz son un abrazo, que sus brazos te acompañarán toda la vida. Pero pronto descubres que el gorrión es un pájaro transparente que vuela en tu cabeza. Sus alas saben viajar dentro de ti, batir tu pecho, romperte la costilla de Adán. Le gusta volar en esa jaula de huesos donde lo guardas todo: el eco del suspiro, la suerte de tus dados, la lluvia apretujada de una nube a punto de romper. Ahí dentro, una bomba de sangre te despierta todos los días, te salpica de gotas rosadas y rojas los cristales con los que te asomas al mundo. Y crees que tus mañanas serán siempre mañana, que el tiempo es un destino mesurable que te aguarda futuros irrompibles. Por eso sigues sembrando, aunque te equivoques de suelo, aunque sea minúscula tu semilla, aunque el mar se la chupe como grano de sal y la triture. Tú sigues buscando en la tierra caracoles, picos de estrella, voces que quiebren las estalactitas de tu oído. Y siembras. Y crece sólo el sol sobre tus hombros dorados, el aire bajo tus plantas de hierro. No importa. Tienes nuevas semillas en tu mano y has soltado al gorrión; deshaces tu jaula destrozada.





Melancolía, D. F.

©Dante Busquets


Llueve tanto, tanto, y desde hace tantos días que ya nadie se seca. Todos escurren. Nacen y crecen ríos en cabezas y espaldas, los zapatos son pequeñas barcas deshechas. La gente se ha acostumbrado a navegar por las calles, a nadar bajo los puentes, a dormir en sábanas de agua. Hombres y mujeres llevan neblina en los ojos, en la carne. Se han vuelto tan hábiles como los peces, y fríos, y resbaladizos. Cuando empezó la lluvia, unos a otros se buscaban, dormían en abrazos que duraban la noche entera. Los que no tenían pareja encontraron una, y así todos tuvieron pronto con quien cobijarse. El cielo seguía exprimiendo nubes y era hermoso escucharlas en los techos, verlas diluirse en las ventanas. A las mujeres les parecía romántico; a los hombres, oportuno. Y se acostaban. Y amanecían cubriéndose unos con los otros. Pero las gotas fueron cayendo dentro, las casas y los cuerpos se llenaron de charcos, de lodo, dejaron de darse calor. En unos meses, la gente se hartó del encierro, abrió las ventanas, las puertas, salió a desafiar la lluvia. Hoy van y vienen como si nada pasara, como si las banquetas no hubiesen existido nunca, como si el sol fuera un astro que imaginaron en la infancia. Y trabajan, y comen, y duermen rodeados de agua. Sus cuerpos ya no se juntan: la carne húmeda resbala, se escurre entre los brazos. A veces juegan a ser pareja, y tocan sus labios y se persiguen, pero pronto se cansan y termina cada uno en su rincón, como todas las noches, añorando la vida que casi han olvidado.